En mis primeros años de escuela primaria, hace ya muchos, aprendí a conocer y amar a mi provincia de Santa Fe. Con las palabras sencillas y vigorosas de mis maestras y viendo imágenes en las viejas láminas de cartón que colgaban en el pizarrón, me fui haciendo idea de cómo era este pedazo de Argentina: vi gente trabajando en los campos, niños asistiendo a las escuelas, obreros en las fábricas, trenes llevando y trayendo gente, mercaderías, ilusiones. Fábricas con chimeneas humeantes por la actividad incesante. Vi en carne y hueso el trabajo de mi padre, de mis vecinos, la solidaridad entre vecinos del barrio, la amistad entre los niños y jóvenes que íbamos creciendo con esperanzas. Aprendí a amar a mi querida Santa Fe, mi patria chica. La sigo amando, mucho, pero lloro por ella. La veo en manos de gente cuyo único interés es el lucro personal o el triunfo de su partido político, a como dé lugar. Y por eso mienten, simulan, engañan, traicionan su deber y causan daños irreparables. Sabemos quiénes son y de qué se trata. Y sólo una pregunta quisiera hacerles: ¿quién les dijo a ustedes que podían adueñarse de mi provincia sembrando el mal disfrazado de "servicio"? Conocen todos los argumentos para encubrir su ineptitud creyéndonos ingenuos que creemos en ellos. Al menos, yo no les creo, dudo de sus intenciones y ruego para que ustedes reflexionen con humildad, reconociendo sus errores y pidiéndonos perdón. No merecen esta provincia. ¡Dejen de mancharla!































