Había salido de su casa en la calle Maza a las seis de la tarde, con ropa
deportiva liviana y una raqueta en su auto para jugar un partido de tenis en Remeros Alberdi. Tres
horas después se hallaba a sí mismo en un escenario y una compañía igual de inesperados. Tenía
frente a sí a un chico menudo que había recibido la orden de custodiarlo y lo miraba perturbado con
un cuchillo en la mano. A cielo abierto, en medio de un camino rural desolado, la escena tenía algo
de teatral. Un hombre corpulento y vital vigilado por un borrego muerto de miedo.
El cautivo, un ingeniero agrónomo de 57 años, de apellido alemán y, según un
investigador policial, "físicamente parecido al Lole Reutemann", acababa de vivir una experiencia
traumática, pero aún así se reconoció con notoria ventaja psicológica sobre su irrisorio centinela.
Entonces empezó a desgastarlo emocionalmente, describiendo con palabras paternales la extravagante
situación que los unía en medio del campo.
"Estás solo acá conmigo. Tus compañeros te dejaron de seña. No van a volver y te
vas a complicar. Dejame ir. Mirá lo grandote que soy: si me tiro encima tuyo por más que tengas el
cuchillo te voy a dominar. Aprovechemos. Vámonos los dos".
Parecía caricaturesco. Leonel, el casi infantil custodio, se preguntaba entre
sollozos qué estaba haciendo ahí, cómo le explicaría a su mamá su ausencia, por qué sus cómplices
lo habían dejado solo. Al cabo de una hora el ingeniero, que estaba suelto, sin maniatar, se alejó
corriendo por el camino rural para el lado del pueblo. Estaban en Correa, a cinco kilómetros de
Cañada de Gómez. El chico le siguió el tranco. El dueño del auto cruzó a un hombre en bicicleta y
le dijo que cuatro tipos lo habían secuestrado en Rosario mientras manejaba y que se habían
marchado con el auto. Después el ingeniero contaría a la policía que apuntó con el dedo y le
comentó al ciclista: "Ese chico que viene ahí es uno de los que me asaltaron. No me sigue porque
quiera agarrarme, sino porque no sabe ni adonde ir".
El grupo. Los cuatro que asaltaron al ingeniero frente a la plaza Santos Dumont
en Alberdi se habían vinculado en la zona norte de Rosario. Por la pavorosa excursión a la que
sometieron a este hombre todos terminarían presos a las cuatro horas. A las 18 del martes
interceptaron el paso de su Citroën C3, se introdujeron en el auto y le dieron dos fuertes
culatazos que le cubrieron de sangre la cara. Lo forzaron a manejar por la calle Baigorria hasta
subir a Circunvalación. Le ordenaron tomar la autopista a Córdoba pero antes uno de ellos lo hizo
parar y se sentó al volante.
El mayor de los que iban en el auto acredita una profusa historia delictiva. Se
llama David Alejandro Beltrán y desde ayer está preso en Coronda. Tiene 31 años, es de Cañada de
Gómez y según la policía de la Unidad Regional X conoce todos los penales de la provincia por robos
a mano armada. La víctima sostuvo que llevaba la voz cantante. Su cuerpo está marcado con numerosos
tatuajes que facilitarían el reconocimiento por parte de la víctima. Cuando lo detuvieron, a cinco
horas del hecho, tenía una pistola calibre 22 largo marca Bersa con la munición intacta. El jueves
lo llevaron ante la jueza Alejandra Rodenas imputado de robo calificado y privación ilegítima de la
libertad. Se negó a declarar.
Una cabeza notoria. Para el trabajo que tenía en mente, Beltrán había contactado
en Rosario a dos jóvenes que viven en la misma calle de la Cerámica —Larrechea al 1900—
que ahora están presos bajo idéntica carátula. Lisandro Damián Alvarez, de 23 años, está acusado de
haber sido quien asestó los culatazos al ingeniero. El acta de la policía cañadense señala que al
ser detenido llevaba "el cabello teñido de rubio oxigenado".
Los investigadores destacan que en varias ocasiones este muchacho alteró datos
de su identidad por lo que se le tomaron individuales dactiloscópicas que se enviaron a Rosario
para individualizarlo y saber si tiene captura requerida. Alvarez fue el único que aceptó hablar
ante la jueza. Para explicar qué hacía allí dio un argumento que en el tribunal consideraron
disparatado.
Un tercer asaltante del ingeniero es David Emanuel Parody, de 21 años, vecino de
Alvarez. Lo detuvieron en Correa casi al mismo tiempo que al custodio adolescente del cautivo. No
se le verificaron antecedentes penales. Al declarar ante la policía adujo que había sido obligado a
subir al C3 por Beltrán y su vecino. Lo que contó el ingeniero sobre cómo se comportó durante su
breve secuestro no respalda ese argumento.
Fuentes de la causa judicial coinciden en los rasgos del grupo: "Personas
marginales, sin instrucción formal, muy limitadas para expresarse, de condición muy humilde. No se
puede hablar de banda porque no tienen nada de profesionales".
El centinela. El único que no está detenido del grupo que viajó en el C3 es
Leonel. La jueza de Menores Gabriela Sansó resolvió que permanezca con su familia mientras sigue la
causa. Algo que a la policía no le pareció mal. Es hijo de un taxista que vive en un barrio de
monoblocks de zona norte. Este hombre se presentó inmediatamente a la seccional cuando lo
convocaron. Mostró gran colaboración. Algo quebrantado, dijo que su hijo nunca había sido detenido,
aunque admitió que le reprochaba hacía tiempo andar "en malas juntas". Una de ellas, dijo, era
Parody.
Fueron horas de tormento las que palpitó el cautivo. En el segundo tramo del
trayecto manejó Beltrán, que se internó por unos inhóspitos senderos rurales, bien conocidos por
ser él de la zona. Los asaltantes hablaban de usar el auto para una venganza: Beltrán buscaba
revancha contra el hombre que vivía con su ex mujer en un barrio periférico cañadense. También
pretendían robarle.
La caída. En el trayecto el ingeniero, sobresaltado, escuchó a sus captores
debatir qué era conveniente hacer con él. Finalmente quedó decidido: bajaron al más chico, le
dieron un cuchillo y le ordenaron que no lo dejara escapar. Beltrán, Alvarez y Parody subieron al
C3 y fueron hasta Cañada a consumar la mentada venganza. Fueron detenidos poco después porque el
destinatario del desquite planeado —Fabián Cabrera, de 37 años, también con prontuario—
denunció esa noche que Beltrán y otros dos habían llegado a su casa "en un C3 oscuro a amenazarlo
con dos armas: un 38 y un 32. Las descripciones permitieron una rápida captura. "Acá el circuito
delictivo es muy restringido", dijo el comisario mayor Claudio Aguirre, subjefe de la UR X. "Los
que hacen cosas así en esta zona suelen caer enseguida".
Cinco horas
El C3 modelo 2004 del ingeniero M. fue encontrado por el Comando de Cañada de
Gómez en un camino rural cerca del matadero municipal. Fue a cinco horas de que lo hubieran
secuestrado. Adentro estaba la raqueta con la que iba a jugar. Este diario contactó al profesional,
que declinó hablar de su vivencia. "Fue muy ingrato, me quiero olvidar de todo esto", dijo.