La ciencia y la pseudociencia son dos términos quizás tolerables tomados en un sentido meramente descriptivo, basados en cierta posición epistemológica ya retrógrada. Pero no ocurre así cuando trasciende dichos límites: cuando lo primero pasa a ser lo válido y lo segundo adquiere un carácter peyorativo. Es este el caso del conocido filósofo Mario Bunge, quien el pasado miércoles, en respuesta a una carta de lectores en donde se le criticaba, vuelve a defenestrar al psicoanálisis en una maniobra solidaria con su hermética posición frente a la cuestión, ya conocida por quienes de alguna manera pertenecemos a esta disciplina. ¡Gracias a Dios el psicoanálisis en sus 110 años no ha construido un laboratorio!, lo cual no sería sino una impresentable manera de intentar validar sus conocimientos producidos, acatando a arbitrarios y retrógrados ideales científicos que pretenden unificar todos los conocimientos válidos bajo un único método y dentro de un mismo ámbito. Como dice Bunge, la psicología experimental y la neurociencia cognitiva sí lo hace. Bien, basta con leer sus teorizaciones posteriores para ver bien desde dónde viene realmente ese "macaneo" al que este filósofo hace referencia; teorizaciones en las que los enunciados se asemejan bastante a los de las ciencias, dejando ver sin velo la manera en la que el hombre es estudiado en su aspecto psicológico por esas "ciencias". No es más que un reduccionismo cientificista, hijo de la modernidad, bajo el cual se creyó que el hombre podía conocerlo todo. El hecho de que el psicoanálisis no se ajuste a los ideales científicos que tanto defiende Bunge no le quita validez ni importancia, sino todo lo contrario. El campo de conocimientos que aborda el psicoanálisis se parece muy poco a cualquiera de los que abordan las ciencias. Parecerse sería un verdadero macaneo, que, por supuesto, comulgaría perfectamente con aquellos ideales cientificistas de la modernidad a los que algunos, como Bunge, todavía se someten.


































