La “solución final” fue una frase muy cara a los sentimientos de la raza humana, hecha pública por un nefasto innombrable que con sus mefistofélicas actitudes produjo una contienda bélica sin precedentes y sin una razón dotada de sentido común. Pero ésa es otra historia. Ahora en el siglo XXI, año 2014, la historia es otra. Estamos en Argentina, con otras actitudes que nada tienen que ver con aquella negra etapa. El intendente de una ciudad vecina a Rosario, verborrágico él, sugestivamente llamado a silencio, pronunció una tristemente frase célebre: “…hay que matarlos a todos”. No le preocupó en absoluto hacer apología del delito. Claro, en la ciudad donde era el lord mayor estaban ocurriendo innumerables hechos de violencia, muy graves, en los cuales perdieron la vida no poca cantidad de habitantes del lugar. Seguramente, rabia e impotencia habrán abrumado al gobernante para mostrarse agresivo en extremo. Voces aprobatorias o no se alzaron aprobando o desaprobando tales manifestaciones. He aquí la paradoja emergente: no solamente ahí, sino en la mayoría de los centros poblados desde instalada la democracia, se vienen sucediendo sin solución de continuidad hechos aberrantes, últimamente de inusitadas características que evidentemente calan hondo en nuestros corazones. Una seguidilla de espeluznantes episodios que más bien parecen sacados de películas de ciencia ficción. Nosotros los ciudadanos de bien, asistimos asombrados, impávidos a estos acontecimientos. Los gobernantes y toda la clase dirigente están muy ocupados en atender otros menesteres. No se oyen voces desaprobatorias, ni medidas drásticas conducentes ya no en muchos casos a poner fin a este tipo de hechos, sino el valor agregado que significa una impúdica cadena de sentencias judiciales que causan estupor. El victimario, en el reino del revés, goza de todas las prerrogativas habidas y por haber. Reducción de penas, salidas transitorias, buen comportamiento, mientras que víctimas y victimarios quedan con un estigma que los acompañará de por vida. Otro vergonzoso condimento, la protección con la que gozan por parte de organizaciones guardianas de los derechos humanos, que entienden que los delincuentes deben corregirse. Al diablo con las víctimas. Finalmente, pregunto: desde el punto de vista bíblico, perdón sí, ley del Talión no, inentendible por cierto el primer aspecto. Si el delincuente merece reparación, las víctimas jamás podrán tener resarcimiento moral frente a la impensada impronta que le deja el accionar de aquellos que carecen de sentimientos de amor. A este paso, la tolerancia cero será solo el conjunto de dos palabras muy de moda por cierto. Señores del poder, legisladores inclusive: incumplimiento de los deberes de funcionario público es lisa y llanamente burlarse de la voluntad del soberano que ningún fiscal de la patria se atreve a demandar.

































