Hace años, el día determinado para homenajear o recordar a la madre era exclusivamente el del 11 de octubre; después comenzó a utilizarse también para tal fin el tercer domingo de octubre. Unos dicen que el antiguo calendario litúrgico de la Iglesia Católica (antes del Concilio Vaticano II finalizado en 1965), establecía el 11 de octubre como día de la maternidad de la Virgen María, y que en la Argentina se realizaba esa conmemoración el domingo anterior o posterior al 11, hasta que se instituyó definitivamente el tercer domingo de octubre. Otros sostienen que una fecha correspondía a la celebración de la madre cristiana, y la otra a la de la madre universal. Pero lentamente fue desapareciendo la costumbre de rendirle veneración en dos días diferentes. Hoy, prácticamente se ha impuesto como fecha de reconocimiento o de evocación, la del tercer domingo de octubre; lo que me parece bien porque la explicación que justificaba aquella dualidad; eso de una madre cristiana y otra universal era desafortunada. Es que la madre en su esencia no tiene grados ni categorías; no difiere por la raza, por la nacionalidad o por la condición social. Creo que no debe diferenciarse una madre judía de otra católica o musulmana, por ejemplo; la figura de la madre es una sola. Su simbolismo es maravillosamente único y su grandeza, universal. Ahora bien, el reconocimiento a la madre debe ir más allá de la maternidad biológica porque hay madres del corazón que se constituyen en madres de hijos adoptivos, de sus hermanos y aun de sus propios padres, sacrificando a veces otros placeres de la vida, por el cumplimiento del más puro instinto maternal, que no es absolutamente privativo de la maravillosa condición biológica.































