Mauro es el cuarto hijo de Laura Prado. El niño, que está a punto de cumplir su primer año, aún no sabe sobre la enorme lucha que encaró su mamá desde que él nació.
Primero, cuando el diagnóstico se demoró tres meses y el bebé pasó por innumerables e innecesarias pruebas médicas. Luego cuando le tocó llevar adelante todos los detalles de un tratamiento exigente que todavía no le da tregua, y también, como si fuera poco, porque tiene que lidiar con el sistema de salud que no siempre tiene disponibles las latas de leche especial que Mauro necesita para alimentarse, crecer normalmente y no sufrir.
A Laura la encontramos en el centro, el viernes pasado, cuando se acercó hasta el trabajo de otra mamá que tiene una beba con alergia alimentaria para que le prestara algunos tarros de leche y así, poder pasar el feriado largo sin problemas. “Vengo del hospital Vilela, como es asueto municipal me dijeron que no había nadie que me entregue las latas. La farmacia del hospital no estaba funcionando. Si esta mamá no me prestaba el alimento el nene no tiene qué comer hasta el miércoles ... Es lo único que tolera, ¡y cada lata de Neo Cate cuesta 1.460 pesos!”, comenta Laura, aún angustiada por el momento que pasó cuando volvió del Vilela con las manos vacías. Para su bolsillo es absolutamente imposible adquirir la leche que le indicaron a su hijo.
“Yo no tengo quejas contra el personal del hospital, los médicos son excelentes y me han ayudado mucho, pero con la entrega de las leches siempre hay problemas y no soy la única que lo padece. Mauro tiene que tomar 10 latas por mes, y me dan 8. Y esto no lo digo yo, la médica le indicó esa cantidad. Siempre me quedo sin el alimento los últimos días del mes y ver que tu hijo no tiene qué comer es muy triste. Creo que deberían evaluar qué pasa con esto para hacernos las cosas un poco más fáciles”, dice visiblemente angustiada.
Además de la alergia alimentaria Mauro está bajo tratamiento por un tumor en el duodeno que nada tiene que ver con su otro problema de salud. “Está bien, la terapia marcha gracias a Dios, pero es mucho para un solo chico ...”, reflexiona Laura.
Mientras su hijo pequeño juega —ajeno aún a los obstáculos que su familia debe atravesar para verlo bien— esta joven y aguerrida mamá cuenta los días de infierno después del nacimiento de su chiquito. “Nació con 3.300 kilos y al mes pesaba 1.900. Era desesperante”.
Estudios de todo tipo toleró el bebé, hasta una punción medular, pero nadie podía explicar por qué no aumentaba de peso, por qué vomitaba tanto y tenía reflujo. “Recién cuando dimos con el gastroenterólogo supieron lo de su alergia alimentaria y en poco tiempo su situación se revirtió, aunque el tratamiento es estricto, tengo que cuidar la contaminación cruzada, usar toallas distintas para él, lavar su ropa aparte y obviamente evitar que consuma cualquier alimento que no sea la fórmula que él tiene indicada”.
Laura dice que está dispuesta a todo por sus hijos, que no va a aflojar aunque lo que le toca es muy duro, y en medio de su malestar le queda tiempo para ayudar a otras mamás, para aconsejarlas y también para pedirle a los médicos que estén más atentos: “Conozco muchos otros casos donde confundieron la alergia alimentaria con esofagitis, con fibrosis quística, con tantos otros problemas... Ojalá nadie más tenga que pasar por lo que pasamos nosotros”.




























