Escritoras

"La literatura puede aparecer en los lugares más impensados"

Las guerras intestinas de una familia estallan, entre el dramatismo y el humor, en Solo soy uno que llora, el último libro de la narradora rosarina Virginia Ducler, editado por el sello de la UNR. "Cuando escribo una novela, estoy a salvo", le dijo a Cultura y Libros

Domingo 18 de Abril de 2021

En un solo día, un domingo interminable de fin de año, transcurre la novela Solo soy uno que llora, de la escritora rosarina Virginia Ducler (1967), que se presentará el próximo viernes 23 de abril, a las 17, en el patio de la Facultad de Humanidades. Fecha que coincide además, con el Día del Libro, y con el regreso de la Noche de las Librerías en la ciudad. Un festejo múltiple, si se considera la vuelta, aunque provisoria, de la presencialidad de los eventos literarios en Rosario.

En apretada síntesis, en Solo soy uno que llora, una familia se reúne, después de muchos años, en una casa quinta en Roldán hasta convertirla en un campo de batalla. Hay dos elementos robados en el núcleo del relato: el diario íntimo de la protagonista, Noelia, y el cuadro del gran pintor Oskar Kokoschka, traído por el abuelo de la Primera Guerra Mundial, un retrato hecho en una trinchera. Al ser ventilados los secretos y broncas de esta familia (que podría ser cualquier familia) documentados en el diario, y al conocerse la existencia del misterioso cuadro, la heroína, ahora convertida en un verdadero chivo expiatorio, deberá atravesar la jornada (toda la novela) ante la mirada de reproche de toda la parentela. Pero no está sola: el testimonio de su abuelo como soldado del frente italiano será uno de los pilares de esta obra polifónica en la que Ducler enlaza distintos registros literarios, oscilando entre el dramatismo y el humor, dando lugar a una narración compacta, porque las piezas dispares encajan de manera fluida, a tal punto que, después de leerla de un tirón, un lector desprevenido y no tanto, se preguntará: ¿y cómo hizo?

“Tiene una trama compleja, la trabajé un montón. Yo tampoco sé cómo la hice, me llevó mucho tiempo y fue un trabajo muy artesanal”, contó Virginia Ducler en charla con Cultura y Libros. “La fui escribiendo por capas –dice–, primero los recuerdos reales, la infancia y cuestiones familiares que empezaron a salir, y por otro lado, el discurso del abuelo y la Primera Guerra Mundial. Después se empiezan a mezclar esas capas, voy leyendo los borradores hasta que me los sé de memoria y se van conectando las partes, es algo que pasa fuera de mí, y me sorprendo muchísimo”. En este punto Ducler hace un paréntesis, cita a la gran narradora estadounidense Flannery O'Connor y se detiene en el efecto sorpresa, pero no el del lector, sino del asombro que experimenta quien escribe. “Esta cuentista norteamericana –que es regrossa– explica que para que se sorprenda el lector es necesario que primero, en la escritura misma, se sorprenda el narrador, y eso es infalible”.

La autora, que reconoce haber trabajado especialmente la tensión narrativa y los diálogos, destaca sobre todo el trabajo alquímico de la escritura en general. Y en efecto, en Solo soy uno que llora, Ducler trabaja y transmuta dos elementos fundamentales: el curso de la vida y el tiempo de la memoria. “Hay que matar la vida para hacer otra cosa, para mí la imagen del compost es perfecta: lo de la vida lo rompo todo, lo destruyo todo y es materia fértil para producir literatura, ahí brota un objeto artístico; y eso lo aprendí a hacer con esta novela”. Ducler tiene publicadas dos nouvelles, El sol y La dispersión (Casagrande, 2017), un libro de relatos, Los zapatos del ahorcado (Ediciones Revólver, Barcelona, 2014), y la novela Cuaderno de V (Mansalva 2019), en donde narra los abusos que sufrió en su primera infancia y donde también construye, como subtexto, un auténtico ensayo sobre la escritura. Solo soy uno que llora fue escrita hace por lo menos doce años, y es otro jalón en una carrera literaria en constante crecimiento (según dejó entrever la autora, hay por lo menos tres novelas inéditas en curso).

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Es posible que con la publicación de Solo soy uno que llora se genere cierta confusión en la relación con Cuaderno de V. ¿Es una precuela? ¿Cuál es el vínculo? ¿Importa el orden?

–No sé, yo no tengo mucha información cinematográfica, lo de precuela se le ocurrió a la periodista rosarina Hagar Blau y me pareció muy atinado. Pero mientras yo escribía Cuaderno de V, me daba cuenta de que más que una continuación, fue profundizar este proceso que empecé acá, con esta novela, y que consiste en usar mi entramado familiar para construir ficción. Yo tengo mucha experiencia con los cuentos, siempre digo que es mi género natural; primero fui cuentista… Hay algo fundamental que tiene que ver con lo experiencial, porque en ambas novelas la vida y la ficción están totalmente imbricadas; pero de todos modos sigue siendo ficción, es literatura. Y la vida es vida, recalcar eso es muy importante para mí; porque a veces alguien dice “esto es para un cuento”, y nada en sí mismo es para hacer literatura, tiene que resonarte de una manera particular para construir un objeto literario que se separa de la vida y ya es otra cosa distinta de la vida. Y de mi vida, ¿qué queda para pasar a la literatura? Una sensación, algo físico que me convoca para despertar recuerdos. En Cuaderno de V la protagonista recuerda abusos sexuales que sufrió en su infancia, y a la escritora, que soy yo, le pasa lo mismo. Porque iba recordando los abusos a medida que iba escribiendo la novela. Cuando yo escribí esta novela, Solo soy uno que llora, no recordaba esos episodios traumáticos de mi vida, pero yo diría que me empecé a meter en ese magma que es la infancia, esa cosa que me generaba mucho temor; y lo hice con esto que es medio humorístico, y por momentos dramático, hay una oscilación.

¿Cómo fue el proceso de construcción de esta novela?

–Fue hermoso hacer ese trabajo; cuando estoy en la construcción de una novela estoy a salvo, no a la hora de hacer manuscritos o el borrador original, eso es doloroso, no lo disfruto tanto porque para hacer algo que no existía en el mundo me tengo que encontrar con mi propio vacío. Pero una vez que tengo la base, después es un gran montaje, un gran juego, justamente lo lúdico tiene que ver con la visión que yo tengo de la vida, un hacer que me protege. Además me puse a estudiar sobre la Primera Guerra Mundial; por ejemplo, ese dato de que los franceses no tenían palas lo encontré en un libro rarísimo, no en los textos canónicos, sino buscando anécdotas; y así también descubrí que la batalla de Montello que recordaba mi abuelo (él se quejaba porque no se conmemoraba) fue la segunda parte de la famosa batalla de Caporetto.

Con varias novelas publicadas y otras tantas inéditas, ¿cuándo te diste cuenta de que la escritura era un destino para vos?

–Desde que nací. Yo decidí escribir antes de saber escribir, desde muy chiquita. En Cuaderno de V eso aparece tematizado, en algún momento de la novela digo que me convertí en escritora para escribir eso. Cuando era chica vivía como en una nube, apartada de la realidad, y me parece que ahí ya empecé a escribir, porque escribir no es sentarse y escribir palabras, uno también escribe cuando no hace nada, hay algo que se está gestando, ¡es la papisa del tarot!

A veces no me siento escritora pero siempre vuelvo, así que debo ser algo de eso, pero en mi hacer cotidiano tiene poco lugar la escritura. En una época me despertaba a las cinco o seis de la mañana para escribir, pero ya no lo necesito. Puede ser en cualquier momento del día, o puedo pasar días sin escribir… Yo sé que se está gestando algo. Antes vivía eso con culpa, “¡uh, hace días que no escribo!”. Porque es una imposición mía que tengo de chica; y eso no estuvo tan mal, porque, después de todo, la literatura me salvó. Pero me pasa que de golpe escribí ochenta páginas y no lo puedo creer. Y digo: ¿cuándo hice esto? Y de ahí sale una nouvelle, la nouvelle es un formato que me resulta muy cómodo.

Con el resurgimiento de los feminismos las mujeres empezaron a publicar mucho más que en otras épocas. Mientras tanto, la industria editorial hace nicho de literatura “de” mujeres. ¿Vos cómo la ves? ¿Tenés alguna preferencia?

–Hay muchas escritoras buenísimas, hace poco descubrí a Ariana Harwicz, que tiene mucho que ver con mi escritura. De las clásicas, te puedo nombrar otra vez a Flannery O'Connor, que es una cuentista tremenda, Carson McCullers, mi tocaya Woolf. Autoras contemporáneas hay muchas, y creo que ahora hay más escritoras mujeres que hombres.

Pero cuando me dicen literatura de mujeres... Para mí no es una cuestión de pito o concha, por ejemplo Proust es muy femenino. Hay hombres que escriben de una manera femenina y mujeres que escriben de una manera masculina. Pero esta es otra cuestión, tal vez un poco más sutil. No se puede negar que las mujeres empezamos a visibilizarnos con todos nuestros potenciales. Antes todos leíamos a hombres, yo leía solo a hombres y quería escribir como un hombre, y ni siquiera me preguntaba por qué. De chica quería escribir, pero no me gustaba la idea de ser escritora. Me imaginaba a una señora haciendo las tareas del hogar, y escribiendo en sus ratos libres, una especie de señora de Siemienczuk que cocina palabras... Claro, no sabía que existía Pizarnik. Hasta escribía en primera persona como hombre, pero en un momento empecé a asumir una voz femenina en primera persona... fue natural, ni siquiera me lo propuse.

¿Tenés lecturas fundamentales? ¿Qué le recomendarías leer a alguien que quiera escribir?

–Hay clásicos para mí que no se pueden dejar de leer, puedo no leer a Joyce, porque es complejo y con leer un poco ya está; y además aparece en un montón de escritores posteriores, o sea, podés estar leyendo a Joyce sin leer a Joyce; a Faulkner lo podemos leer en Onetti. Pero por ejemplo para mí Proust y Kafka son dos autores centrales, de ellos aprendí muchísimo: Proust me enseñó a mirar y Kafka a despojar, a limpiar el texto. Kafka es seco y Proust abundante, entonces hay un equilibrio que encontré ahí. Después Felisberto Hernández, y Saer, porque viste que en Rosario hay dos tendencias, una es saeriana y la otra aireana; yo con Aira no conecté, pero Saer me enseñó muchísimo. Pero también me nutro de otros saberes, no solo de literatura. Una vez me puse a estudiar física cuántica, y de ahí salió una nouvelle (inédita) que se llama Cómo se adhiere el fuego. Desde hace un tiempo estoy leyendo mucho sobre tarot y astrología, que son herramientas de autoconocimiento muy potentes y grandes generadores de relatos. La literatura puede aparecer en los lugares más impensados. En definitiva, con el tiempo todo va a parar a la escritura.

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“En Rosario hay buena y mala literatura, como en todo el mundo”

El problema de la pregunta de rigor es cuando está mal formulada. Primero Ducler contestó que sí, que le importa, pero después aclaró: “Creo que, por empezar, no hay una literatura de Rosario. Creo que hay buenos escritores en Rosario y en todo el mundo. Hay buena y mala literatura”. Dicho esto, la autora de Solo soy uno que llora señaló sus afinidades. “Con Beatriz Vignoli me siento hermanada, una vez leí una novela suya y le dije creo que somos hermanas literarias y ella estuvo totalmente de acuerdo. Tenemos una visión muy plástica y similar en un punto. Y si bien no hay una literatura regional, hay algo, sí, un color que nos identifica”, agregó, y explicó: “No es menor la elección de las palabras que elegimos para escribir, porque eso tiene que ver con el estilo, con el color, con la voz narrativa, es la materia sutil con la que se construye una trama”. Ahí nomás, Ducler recordó una búsqueda que inició hace, por lo menos, dos décadas: “¿Cómo dice Saer? ¿Empezar o comenzar? Encontré que nunca dice comenzar”. También contó sobre un dilema que se le planteó hace poco con un cuento que escribió hace muchos años, cuando la invitaron a una lectura. “Los zapatos del ahorcado trata de dos hombres que se encuentran en la calle y uno le dice al otro: «Disculpe, ¿usted no se ahorcó la semana pasada? Pero sí, usted está muerto». A los ahorcados se les salen los zapatos cuando los ahorcan, porque se les contraen los pies, no sé qué pasa pero eso me impresionó mucho y motivó la escritura del cuento. Entonces uno le dice al otro: «Debería mirarse los pies para darse cuenta de que está muerto, porque nadie anda en medias por la calle», y originalmente yo había puesto calcetines, para que me entiendan en Europa, para que sea universal, ¡y era una boludez!, es un vicio de los escritores que no tienen experiencia, buscar palabras cultas y eso empobrece muchísimo la escritura”, reconoció la escritora. “Entonces puse medias y que se curtan los que no entiendan pero eso da color local, frescura y sobre todo verosímil”.

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