Javier Manzur, en su carta a los lectores del jueves pasado cuyo título es "No al matrimonio entre homosexuales", pregunta a los habitantes del país si deseamos "que en un futuro existan niños con padres homosexuales y qué ejemplo darían a la sociedad". Bien, como habitante de este país voy a responderle. En primera instancia creo que la pregunta es mezquina, el autor de la carta se preocupa más por el sexo de los padres que por la felicidad de los niños. Yo, como ser humano y miembro de esta sociedad, deseo fervientemente que los niños sean felices, que no estén sometidos a la violencia del maltrato, de la pobreza, de la falta de amor, de la falta de educación, del abandono; todo lo cual se verifica cotidianamente en nuestra realidad social. Los niños, fundamentalmente necesitan amor como forma de vida, como ejemplo y testimonio diarios, como modo de conexión con la sociedad. Heterosexuales, bisexuales, homosexuales; todos sin excepción, tenemos derecho al amor, a la paternidad, a la maternidad, a formar personas en los valores sociales, en el respeto y la dignidad; y la obligación de oponernos, resistir y combatir todo tipo de discriminación. Es lo que intento hacer desde esta carta, ya que la de Manzur es a mi parecer discrimonatoria y temeraria, en tanto advierte a la sociedad sobre la desintegración de la familia si el voto de los legisladores llegara a favorecer la ley del matrimonio homosexual. Esa desintegración viene ahondándose desde hace tiempo (esto no es ninguna novedad) y cada vez más, causando siempre dolor, sentimiento de abandono y soledad en incontables niños que provienen invariablemente de uniones heterosexuales. No creo que esté en la sexualidad de los padres la causa de felicidad de los niños, sino más bien en la responsabilidad y el amor con que se asume la condición de paternidad y maternidad.


































