Uno de nuestros símbolos patrios, el Himno Nacional, es un monumento imperecedero de la Revolución de Mayo. De sus estrofas surgen las escenas de nuestra epopeya revolucionaria; evoca la lucha tenaz y cruenta; describe la acción del pueblo en armas; las etapas victoriosas de los ejércitos; y encierra una rotunda afirmación de independencia: "Se levanta a la faz de la tierra / una nueva y gloriosa Nación / coronada su sien de laureles / y a sus plantas rendido un león". Esta imagen, que personifica a España en el león —emblema de su escudo- se repite en la sexta estrofa: "y con brazos robustos desgarran / al ibérico altivo león". A medida que las relaciones con la Madre Patria se fueron distendiendo durante el siglo XIX el gobierno argentino entendió que cantar el Himno con su letra completa podía resultar ofensivo al pueblo español (como los versos recién citados y otros). Por decreto del 30 de marzo de 1900 del presidente Julio A. Roca se dispuso que en adelante en las ceremonias oficiales y actos públicos, así como en las escuelas, sólo se cante los primeros cuatro versos, los cuatro últimos y el coro (en la versión original el coro se repite al pie de cada una de las nueve estrofas y al final). Ahora bien, los rostros de "los nuevos campeones" con que se abre la segunda estrofa son los rostros de los guerreros de nuestra patria. Si queremos honrar su memoria y que en sus huesos reviva el ardor al ver "renovando a sus hijos / de la Patria el antiguo esplendor", honremos al Himno en su versión original, el que la Asamblea General Constituyente aprobó el 11 de mayo de 1813. Decía el decreto suscripto por el presidente Juan Larrea y el secretario Hipólito Vieytes: "Téngase por la única marcha nacional, debiendo por lo mismo ser la que se cante en todos los actos públicos".

































