Todo aquel que se enorgullezca de su saber e ingenio debe probarlos con obras ya que de nada sirven tales tesoros si son enterrados junto a su cuerpo. Todo aquel que lleve uniforme y se vanaglorie de las medallas que luce en su pecho debe cuidar que no estén salpicadas de sangre de hermanos o de oprimidos. La más pequeña gota las hace malditas. Todo aquel que se llene de orgullo por haberse sentado en el sillón del poder debe mirar si fue acreedor a tal dignidad y si sus pensamientos y acciones fueron de utilidad a la patria. Algunas reputaciones, ciclópeas en su momento, han sido producto del ciego entusiasmo de la muchedumbre, de los intereses de sus partidarios, del accionar de los medios de comunicación (poderosos reguladores de la "cotización" de los personajes que figuran en sus titulares, tanto en alza como en baja). Hay quienes pueden parecernos grandes si estamos arrodillados o agachados. Si nos erguimos y nos acercamos a ellos con la frente bien alta ya no los veremos tan grandes. Tal vez veamos a seres humanos como nosotros a quienes el temor, la ignorancia o la conveniencia los han hecho colosos de circunstancias. Ávidos de gloria y de aplausos, el retiro es para ellos el vacío total y el silencio los anonada. Difícilmente llegue a sus oídos el aplauso de la propia conciencia y sólo recibirán el de la calle o las tribunas. No es verdadera gloria la que fugazmente pueda disfrutarse en un carro triunfal arrastrado por serviles adoradores. La auténtica gloria es eterna y resplandece aun en la oscuridad de la tumba. Una nación es grande cuando su historia registra glorias auténticas.






























