No quería pero ahí va, viendo que a mis amigos y a la gente en general le ha desvelado el asunto. Objetar que todas las personas que decidieron tomar las calles, las plazas y los monumentos días pasados no se constituyeron, sin proponérselo en un "acto político" es una negación rayana en la estupidez. Estamos tan (mal) acostumbrados a que los actos políticos sean partidarios, sectarios, convocados, fogoneados, direccionados, reaccionarios, subvencionados y casi sponsorizados que ya no aceptamos el hecho de que, siendo el hombre un animal político a decir del gran Aristóteles, nos asiste sin más el sano derecho de salir a decir lo que creamos justo, con voz estentórea pero educada, con utensilios domésticos o a pura palma. En realidad, convengamos, cuatro años es mucho tiempo para muchas cosas, para una pareja, una sociedad, el kilometraje del auto o el decirle a quien saluda desde el barco para ya no volver que siempre la amó. En ese lapso, eterno dadas ciertas circunstancias, hay rumbos que reorientar y no hay GPS que valga, al comienzo de la erosión hay que apuntalar, al inicio del plausible desvarío hay que asistir y contener, al cometer errores se deben pedir disculpas y resetear, todo en aras del soberano. No se trata de que alguien se vaya y menos aún antes de tiempo, los elegidos deben permanecer y dar la cara, conceder y constreñir, hablar fuerte y luego escuchar, ser magnánimos y trabajar para trascender. No debe haber segundas o más lecturas cuando la gente, cual ventana o grifo abierto, se toma de sus privilegios y se muestra, todo lo contrario. Ya lo decía hace tiempo la gran cantante calva Sinnead O'Connor: "Estoy absolutamente en contra de todos los ismos...", y como destacada exponente de género incluía, generosamente, al feminismo. Los gobernantes deben entender que en lo efímero de su tránsito deben realizar un trabajo, simplemente eso, y para ello no se necesita apalancarse en fastuosos mausoleos, calles o torneos deportivos con sus apellidos; pensemos que a lo sumo devienen por nuestras vidas cuatro, ocho años, son muy pocos para que se pretenda darles (u otorgarse) el Olimpo en el imaginario popular y, a no ser que mi memoria flaquee, no conozco movimiento alguno llamado "Favalorismo", el cual, de existir, debería ser uno de tantos que se instale y permanezca a fuego en conciencias y corazones, a modo de faro, para encaminarnos toda vez que, falibles y humanos, nos perdemos en la neblina.































