Frente a ciertas conductas inexplicables, vale preguntar, por qué actuamos como actuamos, por qué las emociones se anticipan o se imponen a la reflexión motorizando de ese modo la conducta. Ocasionando el posterior deterioro de las razones éticas en el momento de actuar. Por ejemplo: ¿resulta provechoso incluir emociones cargadas de estereotipos en los discursos políticos? Tal vez, todo depende de los fines que se persigan. Sobre la tarea de articular la emoción con la razón. “El gobierno de las emociones”, libro de Victoria Camps, catedrática de filosofía moral y política de la Universidad de Barcelona, ofrece algunas pistas. La escritora define: “La ética es la resultante de la inteligencia emocional”. Y como tal no puede prescindir de la parte afectiva y emotiva del ser humano, porque una de sus tareas es poner orden, organizar y dotar de sentido los afectos, o las emociones para aprender a vivir y a convivir mejor. A modo de diferenciar las posibilidades que la sociedad otorga, para lograr ser un individuo ético, destaca el sentido de pertenencia. La virtud que hace sentir a un hombre orgulloso de ser como es, primando para esto “las condiciones sociales que favorecen la autoestima”. Entendiendo que, no habrá justicia ni modo alguno de autovalorarse, mientras haya personas que no vivan en condiciones de poder quererse a sí mismas por causas como pobreza, desigualdad, discriminación y desprecio social. Lamentando ver cómo han desperdiciado, a la vista de sus realidades, muchas personas su desahogada condición social y económica para construirse como individuos socialmente respetables y proactivos. Incluso sin apelar a una de las emociones más redituables siendo bien usada, como la vergüenza. La filosofía explica que nuestras reacciones y comportamientos sociables son el producto de una vida correcta, y sobre todo de la capacidad necesaria para lograr educar nuestras emociones y adecuarlas debidamente, para que prevalezca en nuestros actos el juicio racional. Convencida la autora de que son los sentimientos de las personas los que motivan el comportamiento, y no la razón, son aquellos los que debemos educar para lograr la necesaria, y hoy ausente, ética social. El descontrol de los sentimientos, algo reiterado y casi natural en nuestra sociedad, genera el origen de posteriores y erróneas desviaciones binarias entre el bien y el mal. Ante lo expuesto, resulta simple determinar que sólo las personas que demuestren un conocimiento que armonice razón y sentimiento sean consideradas aptas de asumir responsabilidades morales. Por consiguiente, expone que “Hay que sentir con real sinceridad, en lugar de pensar tanto en cómo actuar”. Y agrega: “El político pretende arrastrar las masas con populismo y demagogia, los padres dan rienda suelta a caprichos y deseos de sus hijos, en las escuelas desaparecen las reglas porque reprimir puede resultar traumatizante, la publicidad nos vende todo lo que nos haga falta apelando a nuestras aspiraciones de felicidad y de vivir sensaciones nuevas y fuertes”. Toda una gama de propuestas emocionales que distraen la razón. Dando como aceptado que la capacidad de gobernar las emociones, es un medio para adquirir madurez moral... ¿Por qué no tratamos de buscar el equilibrio?


































