Para quien ha tenido un padre ferroviario viajar en tren evoca recuerdos de la infancia, con la curiosidad propia de esos años: paseo, aventura, rostros de pasajeros con una historia escondida. No me resulta extraña aquella comparación que presenta la vida como un viaje. Más aún, la sola idea de viajar me invita a relacionarla con la idea de la libertad. Siguiendo con aquella imagen, cuando un niño viaja hay que cuidarlo: libertad y responsabilidad van de la mano. Es necesario distinguir, hay viajes y viajes porque también hay buenas condiciones y malas condiciones. Esto es obvio. Ocurre que en épocas de crisis lo obvio es dejado de lado. El problema suele agravarse cuando lo elemental no es atendido por quien tiene la responsabilidad de hacerlo. En el orden social, la educación siempre ha señalado los ámbitos de responsabilidad de gobernantes y dirigentes hacia el cuidado del pueblo. La imagen de viajar en tren es bella pero puede llegar a ser triste, dolorosa, cruel. El tren de la muerte en nuestro país tiene nombres y apellidos y es un ícono que refleja las consecuencias de una historia de corrupción. Los estudios internacionales sobre la corrupción dejan una enseñanza patente en todos los países: afecta directamente a los más pobres de los pobres. En nuestro país la imagen del tren de la muerte se puede observar en otros espacios sensibles de nuestra vida: salud, vivienda, alimentación. ¿Por qué? Porque la corrupción empobrece y también mata. Cuando observé los rostros de los pasajeros del tren que circulaba por el conocido ramal Sarmiento surgió de mi interior una expresión: ¡basta! ¡Basta de pisotear la dignidad de la persona humana! ¡Basta de pasar indiferentes sin cuidar la vida humana! ¡Basta de tanta mentira organizada -corrupción- que desemboca en un sistema perverso! ¡Basta de burlarse del sufrimiento de tantos! ¡Basta de que todo nos dé lo mismo! ¡Basta de palabras vacías sin la fuerza de las obras! ¡No nos da lo mismo! No se puede tener la conciencia tranquila ante el sufrimiento del otro. La pregunta original: "¿Dónde está tu hermano?" interpela a cada habitante de esta tierra argentina convirtiéndose en una pregunta social. Detrás de ese interrogante esencial subyace una voz: cuidar. Es el verbo que el Papa Francisco pronuncia con la ternura y firmeza de un buen padre, de ese padre que cuida en el tren de la vida. Los motivos de un viaje son diversos: trabajo, paseo, visita a un ser querido, descanso. Es la vida misma que nos mueve en un trayecto que tiene un rumbo, un sentido. En ese viaje de libertad y responsabilidad se entrelazan en el cuidar la vida porque en el centro está la persona humana. Víctor Frankl lo llama respuesta: "En una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida". No responder por la propia vida y la vida de los demás es no sacar boleto para ese tren.

































