Hace justo diez años que Américo Rubén Gallego dio la vuelta olímpica con Newell’s en el Apertura 2004. Ya pasó una década de aquel equipo pragmático y versátil que amalgamó el Tolo para gritar campeón. Una de sus particularidades era que el plantel tenía algunos futbolistas de renombre, jugadores experimentados, en los que recaía el peso anímico del equipo y que fueron los bastiones de aquella campaña consagratoria. Claro que también en ese grupo había juveniles que hacían sus primeras armas y tuvieron su lugar, pero siempre ocupando un rol de acompañantes, que no tenían en su espalda ni por asomo la responsabilidad de ser las primeras guitarras del equipo. Y esta característica de apostar a jugadores ya formados y con varias campañas en el lomo el Tolo la repitió en todos los clubes en los que dirigió. Es un DT que apuesta por lo conocido, no le gustan los experimentos y sabe mejor que nadie que en el fútbol los resultados mandan y a veces no van de la mano con el proceso de formación que requieren los valores que surgen en la cantera.
Es evidente que los valores juveniles que estén maduros y rindan en plenitud adentro de la cancha jugarán y tendrán la chance de demostrar sus condiciones, pero no habrá tiempo para foguear a los canteranos. La urgencia de conseguir victorias hace que Gallego se concentre específicamente en trabajar toda la semana para imponerse al rival que tendrá enfrente a medida que transcurran las fechas. El trabajo de docencia para los más chicos no es algo que ocupará su agenda. Todo lo contrario, en su concepto esa tarea es del técnico de inferiores y el que integre el plantel de primera deberá estar a la altura de las circunstancias, es decir, saltar a la cancha y estar maduro para resolver problemas.
En referencia al campeonato de 2004, el arquero era el sólido Justo Villar, el paraguayo que fue uno de los pilares de la campaña. Líder, con voz de mando, abocado al trabajo, profesional al ciento por ciento, el guardameta fue uno de los principales bastiones del equipo. En la defensa la lanza la tenía Julián Maidana, un caudillo de pura cepa, que guiaba los movimientos de los tácticamente disciplinados Luciano Vella, Sebastián Domínguez (es uno de los apuntados para regresar) y Germán Ré (otro soldado leal del Tolo).
En la mitad de la cancha Ariel Rosada era el patrón del medio. A su lado tenía dos volantes de gran manejo y que les gustaba pisar el área de enfrente como Fernando Belluschi y Guillermo Marino. Mientras que el enganche era nada menos que el Burrito Ariel Ortega, un jugador ya consagrado, de selección y con recorrido europeo.
Los delanteros en ese momento no eran de renombre, pero entendieron al Tolo mejor que nadie. Iván Borghello e Ignacio Scocco eran los leones del ataque, apretaban a los rivales en la salida y se desdoblaban rapidísimo en la contra para terminar las jugadas.
Pero además de los apellidos mencionados, en el plantel había jugadores de recambio con gran recorrido como Ariel Zapata, Rubén Capria y el brasileño Mario Jardel.
Entre los juveniles de aquel plantel estaban Damián Steinert, Lucio Cereseto, Leandro Coty Fernández, Ezequiel Garay y Marcelo Penta, entre otros, jugadores que sumaron algunos minutos en el torneo de la consagración, pero siempre como opción de recambio, para momentos específicos de los partidos.
Por eso Gallego priorizará armar una columna vertebral de experiencia, para desde allí esbozar la idea táctica que pretende el DT. Y con los pibes más como opciones de recambio que con la misión de tener que asumir responsabilidades extremas.

































