Quienes tenemos la suerte de ser vecinos del teatro Broadway, como en mi caso, somos partícipes de todas las funciones con platea privilegiada. Desde nuestro departamento lindero a la renombrada sala ya no descansamos más para ser espectadores de todas las funciones a cualquier horario y en cualquier día. Al cenar, los platos y cubiertos saltan sobre la mesa de la vibración que producen los decibeles de la sala; ni hablar al pretender conciliar el gran esperado sueño luego de una larga jornada laboral, cuando la cama baila según la música del artista de turno y al borde del ataque de pánico uno no tiene más que ganar la calle para buscar tranquilidad. Pero en la puerta tropiezo con un mercado persa de vendedores ambulantes hasta la parada del colectivo. Realicé infinidad de llamadas telefónicas a la Guardia Urbana Municipal y a Control Urbano y jamás se presentó alguien. Los vecinos le pedimos al encargado del teatro que piense tenemos derecho al descanso, tanto como él lo tiene cuando llega a su casa luego de las fantásticas funciones.




































