Estamos asistiendo al final de otra historia, ridícula, absurda, patética, más descontrolada que nunca. Estamos perdidos en el desierto en medio de una tormenta de arena, donde no sabemos dónde ir y no tenemos el menor apoyo de nadie. La improvisación es tema de todos los días, con un jefe de Gabinete payasesco como mascarón de proa, porque los hacedores de tanto desastre no tienen cara ni para asomarse a la ventana. Un gobierno sin gobierno, aceptando la fiscalización del FMI, para que nos vuelva a monitorear, ese que en su momento supimos burlarnos y despreciar. No tenemos política interna ni externa. Estamos a la deriva. Lo peor de todo es el descrédito y el desánimo que cunde entre la gente, estamos adormecidos. El ciudadano común ya no distingue quién es quien y lo que se vaticina para las próximas elecciones está totalmente en una nebulosa. Siguen apostando a un Frente Renovador confundiendo a la gente como opositor sin ver que son más de lo mismo. Todos los seguidores son intendentes del conurbano bonaerense que vienen del menemismo y del kirchnerismo y apoyados por viejos conservadores y grandes empresarios que siempre han hecho su agosto con la política y no quieren perder sus privilegios. Sin embargo, tenemos una salida y vemos con alegría, una ilusión más, que se está formando una fuerza de centro-izquierda que ojalá se concrete, sin egoísmos y sin pretensiones personales. No es lo mejor, pero es un principio para conformar un rumbo a largo plazo para el país.



































