La presidencia de Cristina ha tenido la gran virtud de desenmascarar el cinismo de la derecha. Desde que estalló el conflicto con la corporación agropecuaria a raíz de la resolución 125, el orden conservador no ha hecho más que mostrar su verdadero rostro: doble discurso, victimización, prepotencia e intolerancia. Desde hace dos años la derecha hace lo imposible por instalar en el país el más crudo maniqueísmo político. ¡Aquí estamos nosotros, los defensores de la calidad institucional, la libertad de prensa, el pluralismo ideológico, la seguridad jurídica y la previsibilidad económica! ¡Aquí estamos nosotros, los paladines de la virtud republicana, la ética democrática! ¡Aquí estamos los que colmamos Palermo para celebrar el voto no positivo del vicepresidente de la Nación! ¡Allá están los enemigos de nuestra tradición republicana, los fanáticos, los carentes de educación cívica! ¡Allá está el matrimonio presidencial dispuesto a arrasar con todo, a llevarse puesta a la Constitución, a hacer de la Argentina una colonia chavista! ¡Quiénes se creen que son los Kirchner! Todo lo que sirva para demoler al gobierno nacional y popular es ensalzado por la derecha. El que traiciona a Cristina es considerado un paladín de la república, un mártir de la democracia, un héroe sanmartiniano. Toda acción, todo discurso (escrito u oral) es bienvenido si socava la legitimidad del oficialismo. Por el contrario, cualquier opositor que se atreve a manifestar su apoyo al kirchnerismo es criticado sin piedad. Ni qué hablar de los periodistas. La derecha pasa a presentarlos como los seres más detestables, ignominiosos e impúdicos. Quien está con el establishment es un republicano; quien está con el kirchnerismo es un mercenario. Así se maneja el orden conservador en la Argentina. Así se ha manejado desde el 25 de mayo de 1810, clasificando a los hombres en réprobos y elegidos en función de su disposición a obedecer o no sus órdenes.


































