Mañana gloriosa. Al lado duerme o finge dormir una mujer largamente deseada.
Amanece, que no es poco. Por las rendijas de la persiana se filtran delgadísimos haces de luz que
insinúan las formas de una habitación, la misma habitación de siempre, aunque luce diferente.
En el piso de madera, aquí y allá, junto a la cama, frente a la ventana, bajo el
marco de la puerta, hay huellas de pies descalzos, pisadas que la noche anterior no estaban ahí. De
lejos parece un plano como los que acompañan las lecciones de baile por correspondencia.
Pero no hay flechas ni indicaciones, sólo marcas borrosas de pies desnudos. ¿Qué es
eso que ven mis ojos y que no pueden creer ni entender? Un escalofrío me hiela la espalda. "Anoche
me levanté a mirar la luna, debe ser el talco de los zapatos", me tranquiliza una voz a mi espalda.
"¿Qué pensaste que era?", preguntó la misma voz sin poder ocultar un cierto desconcierto.
"Fantasmas", respondí con una seguridad que no había tenido cuando le dije que la quería, que la
querría siempre.
Fantasmas, quién no les teme. Aunque no hay dudas de que no existen, aunque las
casas embrujadas, las tumbas malditas, los cuentos de las abuelas, no sean más que eso,
cuentos.
Me acuerdo de la noche cuando, embriagados de juventud, con Chupete, un entrañable
compañero de secundaria, invitamos a salir a dos hermanas.
Lindas chicas, bravas, inalcanzables para un par de estudiantes de secundaria con
más talento para resolver logaritmos que para las estrategias de seducción.
Con la loca idea de causarles una buena impresión, las invitamos a un picnic en el
cementerio, un viernes 13, a la medianoche. Confiábamos que en la oscuridad, ante la amenaza que se
agazapaba entre las sombras, caerían en nuestros brazos muertas de miedo. El plan no podía fallar,
pero falló.
Ni bien me asomé sobre el muro que debíamos saltar para entrar al cementerio una
presencia ominosa, invisible aunque indudable, se elevó entre los sepulcros erizándome la piel.
Sin pronunciar una palabra di media vuelta y emprendí la huida. Mis compañeros de
aventura me siguieron en silencio. Nunca les dije lo que vi, nunca me lo preguntaron. No sé si lo
que me espantó fue un fantasma, nunca volví para averiguarlo.
Las chicas nunca más volvieron a salir con nosotros. Nosotros nunca volvimos a
pisar un cementerio de noche.
Esa misma sensación inexplicable fue lo que sentí cuando, con la nariz pegada al
monitor de la computadora, vi el informe que presentó Larry King en su programa de noticias en la
CNN.
Empezó como otro intento más de sacar provecho de la muerte de Michael Jackson. Una
vista al corazón del rancho Neverland, el búnker que hizo construir el Rey del Pop para su solaz y
el de los niños. Un siniestro parque de diversiones. Una feria de la fortuna con un solo y único
fenómeno de circo. El niño que tenía el mundo a sus pies, el negro que quería ser blanco, el hombre
que no quería crecer.
Ahí, cuando la cámara apunta lánguidamente hacia el fondo del largo pasillo que
lleva a las habitaciones privadas del dueño de casa, en una secuencia digna de la película "El
resplandor", se ve una sombra que, si se fuerza la vista y la imaginación, dibuja una silueta
familiar. La misma que en los últimos días dio la vuelta al mundo a través de la televisión, de los
diarios, de internet. Fugaz, fantasmal al fin.
Michael Jackson era un fantasma mucho antes de que a Larry King se le ocurriera hacer una
producción especial sobre la muerte del Rey del Pop. Desde que la fama lo desbordó, la que se ganó
por su inusual talento para la música y el baile, y también la otra, la que lo hundió en la ciénaga
de los tribunales al ser acusado por abuso de menores, su presencia se hizo etérea, intangible,
veloz. Oculto detrás de un barbijo o de una pared de guardaespaldas o vestido de mujer, los que lo
han visto no podían asegurar que fuera real, al menos no más real que un fantasma, aunque sí
escalofriante. Como ese mal recuerdo que nos persigue en las pesadillas. Y ese fue el precio que
pagó por cumplir sus sueños.