Todos somos producto de una sociedad verdaderamente en crisis. Nadie escapa a este hecho que nos engloba sin excepción. Nuestras conductas y actitudes, ya sean diarias o aisladas, no son ajenas a esta realidad. Admitirlo y aceptarlo es el eslabón primero. La docente que expuso a Galtieri entre los nombres elegidos para honrar al Bicentenario, o el profesor que lleva a las escuelas un arma cargada, son dos casos apenas, de un tejido social enfermo y ávido de valores. Quiero aclarar que actitudes erradas están en todas las profesiones y oficios. Esta vez trascendió en dos personas ejerciendo la misma actividad laboral y con una responsabilidad específica. Sin embargo, el error es innegable. Si bien soy una persona grande, aún no soy una anciana. En mi curso nos graduamos 50 alumnas, no éramos marcianas ni santas, eso es claro. No obstante, todavía teníamos sentido del respeto, sea al docente, como al no docente. Tampoco era algo por lo que debíamos esforzarnos a rajatabla. Si bien la educación parte del hogar, la realidad circundante incide en un todo, nos guste o no. La televisión, determinada tecnología confusa y demás alternativas no son planetas distintos y apartados. También la intolerancia ha hecho en los adultos parte de nuestra rutina diaria. La realidad nos supera más de una vez. Hace rato que sueño con el cambio que nos merecemos. Tomando a Heráclito que refería “no te bañarás dos veces en las aguas del mismo río”, refiriéndose a que nunca serán las mismas, merced al devenir de ellas, ansío de verdad unas aguas que nos ayuden a penetrar hondo en el suelo de los valores perdurables de la vida. Hablo por la vida. Docentes, alumnos y todos nosotros. La autocrítica, acompañada de acción sublime, nos aguarda con premura.


































