La semana pasada, en momentos en que me disponía a descender de un colectivo urbano, un joven me cedió el lugar muy amablemente, tocó el timbre e inició un breve diálogo conmigo durante los doscientos metros que faltaban para llegar a la parada. Cuando descendí, él lo hizo detrás mío y apenas puse el pie en la tierra, ¡oh sorpresa!, sentí que me faltaba el dinero en el bolsillo.
Instintivamente, giré, tomé al muchacho de un brazo y le metí la mano hasta el fondo de su bolsillo, de donde saqué el dinero que me pertenecía, sin que el joven se resistiera. Recuperé mi dinero, pero a costa de tener que soportar el nuevo veneno que con su mala acción me inoculó el ladronzuelo, toxina que aumentó la gravedad de la ya existente en mi cuerpo por tanta indefensión, impotencia e injusticia, vivida a diario a manos de la inmensa variedad de delincuentes existentes. No obstante, debo reconocer que el ladrón merecía que le diera una propina, porque como la mayoría de los ladrones que hay en Argentina, hizo su “trabajo” de manera perfecta. Solo le faltó suerte en la elección de su víctima, ya que me apuntó a mí, que soy más pobre que él y, por lo tanto, una mísera moneda en mi bolsillo pesa lo que en una balanza pesaría un saco lleno de monedas, de los que se acarrean en transportes de caudales.

































