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De la montaña al río, un viaje de emociones para los chicos del Champaquí

Muchos nunca habían bajado del cerro. Están en la ciudad y no lo pueden creer. El Paraná y el Monumento los deslumbraron.

Domingo 28 de Abril de 2013

Una sucesión de emociones ininterrumpidas. Es difícil traducir las sensaciones de este grupo de amigos que viven en la zona del cerro Champaquí y que desde la mañana del viernes están recibiendo caricias a los sentidos durante en su estada en Rosario y Pérez. Son los mismos que van a la escuela albergue Florentino Ameghino, a cinco horas de caminata desde Los Reartes, en las serranías cordobesas. Los mismos chicos que se deslumbran con la majestuosidad del río Paraná, lo "gigante" que puede parecer el puente Rosario-Victoria o lo "lindo" que es el Monumento a la Bandera. Muchos de ellos nunca había bajado de la montaña.

Miguel Pietrafesa y su pareja Fernanda —los mentores de esta invitación—, no se separan ni un instante de ellos. Claudia Vescovo —la docente que está en todos los detalles—, se pone un poco ansiosa porque hay que cumplir algunos horarios.

Los chicos llegaron en la mañana del viernes, bien temprano, a la terminal de ómnibus. Desayunaron y se trasladaron a Pérez, a la capilla del padre Marcelo, donde descansarán hasta su partida, el próximo jueves. Por la tarde, un poco de descanso y paseo por el parque Villarino, en Zavalla. Por la noche, pizza casera y a dormir.

Ayer a la mañana, una Traffic del Ente de Turismo Rosario los fue a buscar y llevó a los chicos a recorrer algunos lugares de Rosario: el parque Independencia, avenida Pellegrini y el Planetario. Después, fue el tiempo de bordear el Paraná por la Costanera hasta llegar a la cabecera del puente Rosario-Victoria. "El jueves vamos a cruzar hasta el peaje", cuenta Miguel, y los chicos se entusiasman. Sus ojitos parecen querer salirse de las órbitas. El retorno los trajo hasta el Monumento a la Bandera. Y pese al chaparrón, nadie quiso perderse las fotos.

Sensaciones. También hubo tiempo para contarle a LaCapital sus sensaciones. Como lo hizo Maxi Ledesma, un nene de 9 años que va a 4º grado: "Es muy lindo Rosario y está bueno compartirlo con los chicos". Con timidez revolea la cabeza y dice "el Monumento" cuando se le pregunta qué cosas lo habían sorprendido de lo que estaba conociendo. "Es muy grande —agrega—. También me gustó mucho el río. Allá en el cerro. la vida es muy tranquila. Acá hay mucha locura, pero me gusta más esto".

Flavia González también tiene 9 y está en 4º grado. Cuenta que nunca antes había viajado. "Es mi primer viaje. De lo que vi hasta ahora me encantó el río, porque me gustan mucho los barcos y pude ver algunos grandes. También el Monumento me pareció bonito. Y también es grandote", ensaya desde su terrible timidez, al igual que su hermanita Jesica, de 8 años, quien dice que "el río me pareció lindo. El puente ese está bueno y ahora lo vamos a cruzar". También hay una "experimentada"; Milagros del Valle Rivero Pino, 2º año: "Cuando nos enteramos del viaje nos pusimos recontentos porque íbamos a conocer la ciudad y ahora la estamos pasando bárbaro. Hay algunos chicos que conocían Córdoba, pero nada más. Rosario me está pareciendo relinda".

La lluvia afloja un poco y pueden subir por Córdoba hasta San Martín, donde Graciela y Daniel —que se emociona hasta las lágrimas al recibir al grupo— los esperan para comer hamburguesas. Son una pareja que, como tanta gente común, quiso dar una mano para que estos chicos tuvieran una estadía inolvidable.

Vuelta a la manzana. Durante la caminata, el maestro Alejandro Rosenbaum cuenta su experiencia acompañando a los chicos. "Esto es hermoso desde el momento en que nos juntamos en la terminal de ómnibus para viajar. Yo pude ver el nerviosismo de ellos los días previos. Cuando llegamos se hizo más fuerte esto de las sensaciones. Y ya en la parroquia donde paramos comenzaron a descubrir el entorno, a abrir todas las puertas. Les llamó la atención ver caer el sol en la llanura y ver la luna medio rojiza, tanto que nuno dijo: «¡Otro sol!». Hasta se sorprendieron cuando les dije que íbamos a dar una vuelta a la manzana. No sabían qué podía llegar a ser eso", cuenta el joven director de la escuela Ameghino.

Asegura que para todos es un aprendizaje muy grande. "Imaginate que para algunos un semáforo, una barrera o una senda peatonal son cosas novedosas. Uno no tiene noción de lo que es la mente de un niño. Para que tengas una idea, esta mañana Jesica —la nena de 8 años— se levantó y le preguntó al padre si estaban en el pueblo (haciendo referencia a Santa Rosa de Calamuchita). Cuando el papá afirmó, la nena le dijo que por qué no iban a ver a Andrea, su hermana que vive allí. Ni se enteró la changuita del viaje, no alcanzó a dimensionar lo que había sido estar 8 ó 9 horas arriba de un colectivo", afirma.

Después de las hamburguesas vino el cine y luego el regreso a Pérez. Mañana al mediodía habrá asado y durante la semana los espera una agenda sin pausas: la escuela de la isla, los estadios de Central y de Newell's, el puente a Victoria, un día entero a San Lorenzo y muchas cosas más. La alegría y la sorpresa engrosan la lista y ponen a los chicos al borde del colapso emotivo. Los pibes y pibas de la escuela del Champaquí observan al Pelado. Saben que por él y un montón de gente anónima están viviendo un momento mágico. Y porque con este viaje reforzaron los conceptos de la solidaridad, la bondad y de cómo construir desde el corazón. Los conceptos primordiales para intentar ser un buen ser humano. Ni más ni menos.

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