Hay más tela para cortar sobre el último tema inmobiliario tratado. Sobre él se podría decir que cuando con cara solemne y diciplinadora se invoca el contrato de alquiler, tanto daría hablar de contrato feudal: diseñado unilateralmente sin negociación previa, imponiendo más del 90 por ciento de gastos y mantenimiento al inquilino, demandando todo tipo de garantías, sin mencionar la especulación rampante en los precios que convierte a esta área en particular en una burbuja, aún en una economía bastante genuina y sólida. La escena evoca un grupo de dementes procesos alrededor de un arcón matándose para manotear las monedas de oro. Es cierto que también hay subas en casi todos los demás rubros. Pero muchos negocios responden a la presión de sectores específicos como los mencionados. En este sentido, es de agradecer la creciente proactividad de la Afip, que orienta y limita la capacidad inversora y gastadora de sectores concentrados que apuntan sus garras y colmillos hacia ciertos rubros. Pero eso es apenas una medida de apoyo. La inflación aceptaría una estrategia de pinzas: a los controles de precios y cambios, agregar el abastecimiento devastador de productos y servicios a precios marcadamente inferiores a los del mercado que conocemos.
































