La rana de tierra. El molino ha enmudecido. Las paredes y el tejado han enmudecido. Y las ruedas también. Windisch ha pulsado el interruptor y apagado la luz. Ya es de noche entre las ruedas. El aire oscuro ha devorado el polvo de harina, las moscas, los sacos.
El guardián nocturno duerme sentado en el banco del molino. Tiene la boca abierta. Debajo del banco brillan los ojos de su perro.
Windisch carga el saco con las manos y con las rodillas. Lo apoya contra la pared del molino. El perro lo mira y bosteza. Sus blancos colmillos son una dentellada.
La llave gira en la cerradura de la puerta del molino. La cerradura hace un clic entre los dedos de Windisch. Windisch cuenta. Oye latir sus sienes y piensa: “Mi cabeza es un reloj”. Se guarda la llave en el bolsillo. El perro ladra. “Le daré cuerda hasta que el resorte reviente”, dice Windisch en voz alta.
El guardián nocturno se cala el sombrero en la frente. Abre los ojos y bosteza. «Soldado en guardia», dice.
Windisch se dirige al estanque del molino. En la orilla hay un almiar. Es una mancha oscura sobre la superficie del estanque y se hunde en el agua como un embudo. Windisch saca su bicicleta de entre la paja.
“Hay una rata entre la paja”, dice el guardián nocturno. Windisch quita las briznas de paja del sillín y las tira al agua. “La he visto”, dice, “ha saltado al agua”.





























