El día 29 de mayo pasado y con motivo de estar de paseo por Argentina, compré en Claro, local ubicado en Córdoba 1479 de Rosario, un módem para poder utilizar el servicio de internet. Dado que nunca funcionó, me dirigí tres veces a la casa central de esa empresa, en la misma ciudad, en calle Córdoba a la altura del 1500, sin éxito, ya que nunca me resolvieron el inconveniente. Cansada ya de la falta de respeto por parte de Claro, el 24 de junio, visito nuevamente la casa central de la empresa de telefonía pero ya con la firme de decisión de devolver el equipo y convencida de que se me reintegraría el dinero que pagué por el equipo y por las cargas que nunca pude utilizar. ¡Error! El dinero quizás tal vez se me devuelva (sólo los 309 pesos del módem) dentro de 30 días a través de un giro postal a Sydney, Australia, lugar en el que vivo actualmente. Claro no dispone de 309 pesos para devolverme. Esto fue lo que manifestó, muy molesta, la señorita que parece estar a cargo de la supervisión de “atención al cliente”, de nombre Luciana. Esto me recordó a un dicho muy vulgar y conocido, pero apropiado: “Se enoja el chancho y es comida…”. Evidentemente a Claro poco le importa satisfacer al cliente, brindarle una buena atención, y ni hablar de un resarcimiento por el servicio no brindado, el tiempo perdido y los malos momentos que me hicieron pasar.

































