Reforzando y ampliando los conceptos vertidos en la carta del señor Javier Manzur del 28 de febrero pasado, quisiera expresar lo doloroso que es para nosotros, gente de fe, enterarnos de casos de pedofilia dentro de nuestra Iglesia. Esta práctica, aberrante, es condenable cualquiera sea su ejecutor. Ahora bien, también es cierto que un título, como el que publica La Capital el pasado domingo, llama más la atención que un estudio sobre los porcentajes de abusos dentro de las distintas instituciones. La mayoría de los casos de violaciones a menores se da en el seno familiar. Miles de niños, silenciados por el miedo, sufren abusos de éste y otros tipos, de sus padres, tíos, abuelos. Los degenerados que captan por internet al chico desprevenido, por lo general son profesionales, padres de familia. Ser cristiano no es fácil, justamente porque no hay que decir que uno lo es sino vivir y amar como Cristo vivió y amó. Hay mucha gente católica pero muchos menos de la que dice que lo es. La fe no se compra, nadie obliga a nadie a ser católico. La gente puede ser protestante, judío, musulmán; pero ojo, seres humanos hay en todos lados, la perversión no es propia sólo de los que dicen ser cristianos.































