Indudablemente, la llegada al gobierno de Mauricio Macri y su gabinete trae aparejada la apertura de la Argentina al mundo, y del mundo a la Argentina. A partir del inicio de su mandato, Europa, Estados Unidos y el resto del mundo comenzaron a mirarnos con cara de amigos. Porque su propuesta es seria, sus objetivos son claros y notoria es su responsabilidad. De su mano, y de la mano y el oficio de quienes lo acompañan en la gestión gubernamental, depende la restauración de la Argentina. De la Argentina que dejaron los Kirchner convertida en el centro de mayores chismes del universo. Porque durante esa etapa los ojos del mundo nos miraban solamente por los escándalos íntimos: corrupción, enriquecimiento ilícito, división y confrontación social, ausencia de Estado, fútbol y engaño para todos, drogas y robo para todos, ideología para todos, amiguismo, complicidad, impunidad, descomposición social, pobreza, miseria, entre otras. Un par de ejemplos de esto es lo que acontece en las villas miserias de la Argentina. Cuando pelean los perros, no lo hacen uno contra otro, sino una jauría contra otra. Y a esta penosa realidad que los K cultivaron en la miseria, la trasladaron a la sociedad. Realidad que es fácil comprobar leyendo en los medios las expresiones populares: "somos nosotros o ellos". En las villas, el mísero permanece sentado en silencio en rueda de amigos. Y en un momento dado, sin aparente motivo, estalla en llanto. Sus amigos intentan consolarlo, pero la angustia de su pobreza no tiene consuelo. Porque las necesidades y el ultraje al que ha sido sometido toda su vida, lo han desbordado. El es el voto cautivo que se cuenta por millones. Es el estigma del hombre bruto que inhumanamente ha sido arreado durante la mayor parte de su vida por el precio de una inmoralidad o una migaja, y se da cuenta. El hombre lo advierte, siente el desprecio, la humillación, la falta de oportunidades, el abuso del que ha sido objeto, y llora. No tiene otro consuelo. Y quisiera que se acabara su mal sueño. Cuando le hablan de esperanza, suspira e imagina una realidad mejor en su suelo. Y vuelve a llorar. Sus lágrimas nos salpican a todos los que queremos un país mejor, a los que queremos igualdad, justicia y respeto.



































