Leía en la edición del 2 de octubre pasado al majestuoso (por llamarlo de alguna forma) filósofo y pensador José Pablo Feinmann, quién habló de cómo ve a nuestro país y quién lo dirige desde el sillón de Rivadavia. De dónde sacó este señor la autoridad moral e intelectual como para querer "vendernos", porque no hace otra cosa que querernos convencer de que institucionalmente estamos por el buen camino, diciendo que el discurso presidencial es un "aporte a la humanidad". Me parece que este señor cree estar en otro país, donde la historia logró unificar la sociedad y dignificó la esencia de los pensamientos de quienes viven en él. El señor Feinmann recurre a posiciones pensadas donde la historia supuestamente se hizo eco de los procesos económicos que acompañaron al progreso y a la visión de quienes podrían dirigir a un país que resurgió de las cenizas. Pero este magnífico pensador no sabe que aunque hablar filosóficamente de la realidad que vive una sociedad como la nuestra no es malo, a pesar de estar llena de frustraciones, de objetivos no logrados, donde no existe la Justicia y donde no aparece un nuevo paradigma para que la sociedad toda se sienta a buen resguardo, crea en quienes nos dirigen y apoyen a sabiendas de que las políticas de Estado deben cumplirse aunque mal les pese a los antagonistas de siempre. Le pido al señor Feinmann que piense en una sociedad toda, donde no sea una patria para pocos y que podamos alzar la bandera que todos esperamos y necesitamos: la de un país íntegro donde la historia sea escrita por todos.
































