El documento sonoro resultó brutal. No hubo forma de convencer al capitán Francesco Schettino de regresar al barco a coordinar la evacuación, a pesar de las órdenes terminantes que recibió desde tierra firme de parte del capitán de guardacostas Gregorio De Falco.
A las 0.42 de aquel sábado 13 de enero, ya en medio del naufragio, la capitanía llama por segunda vez a Schettino y le pregunta por el número de personas que aún quedan en el barco. El capitán da una respuesta tan vaga que hace sospechar al comandante De Falco, quien le hace la pregunta fatal:
—No, no estoy a bordo porque la nave está appoppando (hundiéndose por la popa). La hemos abandonado.
—Pero ¡¿cómo ha abandonado la nave?!
—Estoy aquí, estoy coordinando la ayuda.
—¡Qué está coordinando ahí! ¡Vaya a bordo y coordine el socorro desde allí!
Una hora después, a la 1.46, ambos vuelven a hablar por teléfono. En esa grabación —reproducida hasta el infinito en internet—, el capitán Schettino parece noqueado, ajeno al drama que están viviendo en ese momento los pasajeros y los tripulantes del barco.
—Escuche, Schettino, hay personas atrapadas a bordo. Vaya con su lancha por debajo de la proa de la nave, por el lado derecho. Súbase a bordo y me dice cuántas personas están allí, ¿está claro? Estoy grabando esta conversación, comandante Schettino.
—Pero, ¿se da cuenta de que está oscuro y no se ve nada?
—¿Y quiere volver a casa, Schettino? ¿Está oscuro y quiere volver a su casa? Suba a proa por la escalera y me cuenta qué se puede hacer, cuántas personas hay y qué necesitan. ¡Ahora! (...) Los socorristas están ya en la proa. ¡Hay muertos!
—¿Cuántos son?
—Eso me lo tiene que decir usted.
Era una tragedia en directo, un diálogo insuperable. De fondo, el crucero de 17 pisos iluminado y hundiéndose, y 4.000 náufragos luchando por llegar a la isla de Giglio.
El ya famoso capitán Francesco Schettino está siendo juzgado por homicidio por imprudencia, naufragio y abandono del barco. Otros miembros de la tripulación negociaron la pena.