Tarde de lluvia, soledad, viento arrachado que deshoja los árboles.

Tarde de lluvia, soledad, viento arrachado que deshoja los árboles.
Ellos, sin embargo, flotan en la luz como antorchas sagradas.
Son los pequeños lapachos del parque Urquiza, que están en flor en pleno agosto.
Sus copas rosadas tiemblan bajo el cielo invernal. La mirada queda fija en su fulgor. Son milagro puro en la ciudad vertiginosa y malhumorada.
Pero los escasos audaces que hacen footing no se paran a verlos. Van con los ojos bajos y el ceño fruncido. Algunos llevan auriculares clavados en las orejas. Ninguno escucha a los pájaros.
Los lapachos son un símbolo de la belleza que no se entrega. Que no negocia. Que no se inclina. Y que nadie ve.
Son antorchas luminosas que se incendian en la tarde, igual que los enamorados se consumen en su amor.
Brillan en medio de la indiferencia.
Son una respuesta contundente para quienes se preguntan por el sentido de la vida. Justifican casi todo.
Son las antorchas de nuestro corazón.
Pero ellas, ay, se queman solas.



Por Azul Martínez Lo Re
