Andrés Rivera no sonríe casi nunca. De hablar grave y pausado, el autor de “La revolución es un sueño eterno” y “El farmer”, entre otras novelas tan valoradas por el público como por la crítica, pasó por Rosario para presentar su último libro, “Guardia blanca”. Y dejó en claro que la complacencia está muy lejos de su idiosincrasia y su estilo.
–¿Tiene modelos en la literatura argentina?
–No.
–¿Y algún escritor que necesite, reivindique o admire?
–Primero debo decir que la palabra admiración me resulta chocante. Segundo, si hay un escritor que yo creo le debí algo (lo digo en tiempo pasado) es Borges. ¿Por qué? Muy simple: me enseñó a adjetivar. También gozo cuando vuelvo a releerlo con sus historias, con sus cuentos, con algunos de sus ensayos. Tengo muy mala memoria, pero siempre me acuerdo de dos líneas de su poema “El general Facundo Quiroga va en coche al muere”: “Qué podrá conmigo/ esa cordobesada bochinchera y ladina”. Esa frase la repito cada vez que me encuentro con un cordobés (risas).
–Borges vendría a ser entonces, para usted, algo así como el maestro de estilo.
–No. Yo no creo que haya un “estilo”, sino un “tono” para narrar. Y creo tener ya mi propio tono. Antes, bastante antes, pesó sobre mí la literatura norteamericana, y sobre todo dos escritores muy disímiles en lo que se llama estilo: Ernest Hemingway y William Faulkner.
–El laconismo de Hemingway y la frondosidad de Faulkner.
–Así es. Yo diría la excepcional retórica de Faulkner. Cuando leí “El sonido y la furia” quedé deslumbrado y volví a él una y otra vez. Hay un cuento de Hemingway, “Los asesinos”, que es imposible de igualar. Y entre los que me enseñaron por la vía de la lectura, tengo que destacar el final del “Ulises” de Joyce, el monólogo de Molly Bloom. Es una “nouvelle” en sí misma: se puede desprender del libro. El lector no necesita de datos suplementarios.
–Si se hiciera un recorrido por su obra, se podría decir que usted partió del realismo y con un interés social evidente. Sin embargo, ninguno de los escritores que citó recién tiene esas características.
–Yo, más que social, soy un escritor político.
–Su literatura es seca, concreta, despojada, de cláusula corta.
–Eso es producto de un largo aprendizaje. Si se lee mi primera novela, “El precio”, que es una mala novela, se descubrirá que en su parte central se copia a Faulkner. No hay signos de puntuación, por ejemplo. La influencia faulkneriana estaba allí, en el umbral de la pieza donde yo escribía.
–Marcó a muchos, Rivera, no sólo a usted... Si hasta Borges tradujo “Palmeras salvajes”.
–Sí, pero Borges disminuyó la valía de lo que tradujo...
–Le cambió el final: el “women shit” (mujeres, mierda) se convirtió en “mujeres, dijo el penado alto”.
–Sí, y ya que trae esa historia a la mesa, eso lo dio a publicidad Juan Carlos Onetti, que en mi opinión fue el Faulkner de América latina.
–Me sorprende que aluda exclusivamente a Borges cuando se refiere a sus influencias y no, digamos, a Sarmiento, Roberto Arlt u Horacio Quiroga.
–Eso tiene que ver con mi largo proceso de aprendizaje para adquirir un tono, que podría resumirse en esta fórmula: lo que se puede decir en dos líneas, no debe decirse en diez.
–Pasemos a la política, un territorio fundamental en su obra. Usted no se ha bajado del caballo de la revolución, del marxismo.
–No.
–¿Cree que nos espera el comunismo? ¿Que vamos indefectiblemente hacia una sociedad sin clases?
–Yo no voy a afirmar eso. Si algo enseñó el marxismo es a dudar de todo. De manera que afirmar que el futuro es del comunismo se asemeja tanto al apocalipsis como a la idiotez. Nadie puede afirmarlo. El capitalismo ha mostrado que tiene una cantidad enorme de recursos para salvar los abismos que él mismo crea. El imperio norteamericano jugó hace poco una carta muy interesante: puso por primera vez en su historia a un negro como presidente de la mayor potencia de Occidente.
–¿Qué críticas le haría a quienes eligieron el camino de la violencia revolucionaria en la Argentina de los setenta?
–Es fácil hacer una crítica ahora, a 40 años de los hechos. Pero es imprescindible. Creo que esa izquierda que entonces tomó las armas todavía no se autocriticó. Y eso es sospechoso, aunque no en un sentido policial: quiero creer que no ha encontrado respuestas para su derrota. Argentina no es Cuba. Aquí tenemos los Andes, pero nadie se va a refugiar en las cuevas de la cordillera para bajar de allí y hacerse dueño del país. Aquí hay un enfrentamiento urbano o no hay nada. Y no hubo paciencia para conjugar todas las rebeliones de la época, las que se reflejaron en el Cordobazo, el Rosariazo, el Mendozazo, el Correntinazo... Esas rebeliones sólo tuvieron eco local. Y hoy el país vive la anomia política.
–¿Usted cree que la última dictadura militar tuvo consenso en la sociedad argentina?
–La dictadura llegó cuando la pequeña burguesía, que suele nutrir tanto a los que se titulan revolucionarios como a los escuadrones policiales o militares, se hartó del vapuleo constante. Para reducir la imagen, estaban hartos de que les rompieran las vidrieras de los negocios, de que les quemaran los autos... Querían ley y orden. Surge la defensa del Estado burgués. Y los militares, que estuvieron arrinconados tanto tiempo, se convirtieron en asesinos, lo que es propio del uniforme que calzan. Tuvieron que matar a un conscripto, el soldado Carrasco, para que se suprimiera el servicio militar obligatorio. Y si usted entra hoy en las filas del Ejército, lo hace porque tendrá un sueldo, ropa, calzado, atención médica y sobre todo poder. En la cuadra lo van a respetar.
–El reciente conflicto con el campo desató pasiones escondidas...
–Puso en primer plano a la Sociedad Rural Argentina, que arrastró a la Federación Agraria.
–¿Y ese no fue un error táctico del kirchnerismo?
–Supongo que no midieron a quienes enfrentaban. El apoyo que habían recibido les pareció suficiente como para lanzarse, erradamente, contra estos pilares de la sociedad burguesa. Los Kirchner también son burgueses, vamos. Pero se equivocaron.
–¿Y por qué hay anomia política?
–Piense en las elecciones: quiénes son De Narváez, Reutemann, Scioli. ¿Por qué los Kirchner fueron incapaces de denunciar quién es De Narváez, por qué no toman medidas contra los intereses que representa De Narváez? Porque no pueden. El peronismo como ideología sigue estando vivo en la sociedad argentina.
–¿Y cuál es esa ideología?
–Se resume en esta frase: nunca estuvimos mejor que con Perón.
–En su obra literaria hay mucha violencia. ¿Usted rechaza la violencia política?
–Estamos en la provincia de Santa Fe, ¿no?, en la ciudad política y culturalmente más importante de la provincia, que es Rosario. Los santafesinos tuvieron a un hombre que fue Lisandro de la Torre. ¿No se suicidó De la Torre? ¿No mataron a su amigo Bordabehere? ¿No hay violencia en este país? ¿Cómo fue derrocado después de más de veinte años de dictadura Rosas? ¿No fue con una batalla? ¿No empezó por las armas la lucha por la independencia en este país, cuando un pequeño grupo de jacobinos integrado por Moreno, Paso, Castelli, French, Beruti, hasta Belgrano, tomó la decisión de luchar? Aquí siempre hubo violencia. Yrigoyen no cayó por los votos, sino por un golpe militar. El gobierno de un conservador fraudulento como Ramón Castillo fue tumbado el 4 de junio de 1943 por un golpe militar encabezado por el general Edelmiro J. Farrell y el coronel Juan Domingo Perón. ¿Hay que hablar de cómo se mueve la policía argentina? ¿Es persuasiva, didáctica, pedagógica?
–Usted contesta con preguntas... ¿Qué opina de esa frase del poeta Mario Trejo, “no hay nada más peligroso que la derecha cuando es diestra y la izquierda cuando es siniestra”?
–Personalmente estoy harto de las frases ingeniosas que no dicen nada.


































