Alguien dijo alguna vez que la gloria se logra cuando ya no se está en el mundo. Naturalmente, si de esto se trata ese magnífico premio no se adjudica a cualquier hijo de vecino. Pretendo recordar al eminente cardiocirujano, René Favaloro. Pregunto: ¿para qué sirve la gloria? Como en el caso de este eminente profesional que todo lo dio a favor de sus pacientes, brindando amor, confianza, solidaridad desde su humilde condición de médico rural en su Arauz natal, hasta el nivel mundial en que dadas sus óptimas condiciones surcó los mares en procura de capacitación. Un verdadero ejemplo de humildad, de entrega, de sapiencia, de integridad moral. Se comprometió a ultranza en la procura del logro que era su obsesión: un centro de cardiología especializado y de alta complejidad, no sólo para los enfermos, sino también para sus discípulos. Su notable creación adoptada por los profesionales de todo el mundo contribuye desde entonces a concretar el sueño de miles de seres humanos que tal vez no hubieran sobrevivido a la patología que padecían. Hasta aquí, una pequeña semblanza en cuanto a lo personal y en su disciplina. Pero lamentablemente en su caso se repitió lo acontecido a grandes hombres de nuestra historia, a los cuales las desorbitadas razones que se esgrimieron, prácticamente se les obligó a retirarse al ostracismo, poco menos que en la ruina. Muy propio de nuestro país, con la diferencia de que aquellos que tienen poder de decisión, al dejarlo lo hacen con un grosero beneficio económico; nadie les demanda nada a pesar de haber pasado sin pena ni gloria. En honor a la verdad este arquetipo de la medicina fue literalmente marginado con una inescrupulosa muestra de ingratitud; claro, cabe aquí aquel precepto bíblico que dice: "…nadie es profeta en su tierra". En primer lugar, permitir que se acrecentara la deuda del Estado a su emprendimiento, razón por la cual descuento que haya perdido el sueño. Pese a sus reclamos, no fue escuchado. No aceptar de manera alguna bonificar a nadie económicamente, que pretendiera considerar su justo reclamo. O todo, o no convalidando extorsión alguna. Principios éticos y morales, que se dice. Castigo sin crimen, a la inversa de la famosa producción literaria, finalmente el último al cual acudió, echó en un cajón su "osadía" de pretender percibir la deuda. No lo condeno, se dice que Dios da la vida y es dueño de quitarla. Pero no fue él precisamente quien disparó el arma del tiro del final. Estoy convencido de que muchos pacientes y tantos como yo, de haberlo sabido, y a modo de metáfora, hubiéramos puesto la mano sobre su pecho para detener el proyectil asesino. Una verdadera pena que esta eminencia no haya convocado a los medios para hacer pública su angustia, hecho que hubiera conmovido a propios y extraños. Tal vez desde alguna estrella estará guiando a sus discípulos.































