Economía

El costo de oportunidad de nuestro negocio

Algunos costos tienen una extraña habilidad para ocultarse. Cómo detectarlos a tiempo es la receta secreta para una pyme o comercio.

Domingo 02 de Junio de 2019

El concepto de costo de oportunidad seguramente es conocido por todos, pero también es casi seguro que muchos no sepan claramente como no ser víctimas de las consecuencias de no tenerlo en cuenta. Al igual que tantas otras herramientas económicas, la noción de costo de oportunidad parece demasiado ingenua para ser útil o significativa.

Pero frecuentemente son las ideas más sencillas las que se pasan por alto. Para comprobar esto, pregúntense lo siguiente: ¿explotaría alguien un negocio que produjera, por ejemplo, el 8 o 10% sobre el capital invertido si ese mismo capital pudiera conseguir, por ejemplo, el 16 % en otro negocio con un riesgo comparable?

Shlomo Maital define el costo de oportunidad de una forma muy simple: “Los economistas tienen una forma muy curiosa de definir y medir los costos. En lugar de preguntarse: ¿Cuánto me cuesta esto? o ¿cuánto tengo que pagar por ello?, los economistas insisten en determinar el costo de las cosas formulando la pregunta así: ¿a qué tengo que renunciar para conseguir esto? Esta pregunta, más bien extraña, resulta que tiene una gran cualidad analítica si se hace un uso frecuente de ella. Todos los auténticos costos son oportunidades perdidas de uno u otro modo; pero no todas las oportunidades perdidas se ven representadas en el talonario de cheques. Algunos costes tienen una extraordinaria habilidad para ocultarse”.

A continuación un ejemplo de la vida real, cambiando algunos nombres para no revelar la fuente. Francisco era un comerciante de la zona de Belgrano en Buenos Aires. Tenía una ferretería en una de las esquinas más importantes del barrio. Todos lo conocían y contaba con una extensa lista de clientes.

Era feliz y el negocio le permitía vivir muy bien. Pero un día no tuvo mejor idea que asistir a un curso sobre dirección de empresas y un profesor le dio una muy mala noticia. Su negocio no era negocio, o por lo menos no como él creía.

Francisco recuerda ese día como uno de los peores en su vida de empresario. Se encontraba cursando un módulo sobre finanzas y de repente, el profesor a cargo hizo una pregunta. –¿Quién de ustedes tiene una empresa o comercio? Francisco al ver que nadie levantaba la mano respondió –Yo tengo un negocio. –Muy bien –dijo el profesor– y repreguntó. –¿Gana dinero?, sin importar cuánto, –aclaró. –Sí, –respondió Francisco. –¿Está seguro? –volvió a preguntar el profesor. –Sí estoy seguro. –Muy bien, ¿se anima a hacer un análisis sobre su comercio y ver si realmente gana dinero? –Por supuesto –dijo Francisco–, un poco enojado por la forma en que se había dado la conversación.

A continuación el profesor le pidió que armara en el pizarrón cuál era su estado de resultados. Básicamente ingresos, egresos y la rentabilidad neta. Francisco lo armó rápidamente ya que lo había hecho hacía poco tiempo. Cuando terminó, el profesor lo miró y le preguntó: –¿Está seguro que esa es su rentabilidad neta? –Totalmente –respondió Francisco. –¿Ve?, le dije que usted no estaba ganando dinero, o mejor dicho, no el que usted cree. Y procedió a explicarle.

Francisco había realizado un muy detallado estado de resultados, donde estaban los ingresos, los costos variables y todos los costos fijos y semifijos. También había realizado, para sorpresa de todos, un análisis que incluía los impuestos, amortización, etc. Pero había obviado algo que el profesor preveía. No había incluido ni su sueldo ni el alquiler del local, tampoco el costo del capital invertido (varios millones).

Cuando el profesor agregó el sueldo de un gerente, el alquiler promedio de un local de esas características en esa zona y una tasa libre de riesgo al capital invertido, el resultado cambió bruscamente. De un resultado muy interesante pasó a ser negativo o cercano a cero.

Francisco, con una sonrisa en la boca le dijo: “Sólo deben registrarse los ingresos y egresos efectivamente realizados”, como recordaba de sus años de contabilidad en la secundaria y tal cual le había dicho el contador.

Tenía razón, pero el hecho de que no los hubiera pagado no significaba que no estuvieran ahí. Eso es el costo de oportunidad.

Esta experiencia le sirvió mucho a Francisco ya que unos meses después decidió mudar su negocio y alquilar su local. Esto le permitió obtener una rentabilidad mayor, ya que ahora paga la mitad de lo que cobra por alquilar su local.

Este es tan solo uno de tantos ejemplos sobre el costo de oportunidad, algo que todos creemos conocer, pero que pocas veces usamos debidamente.

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