Murió Emilio, pero no

Por Rubén Echagüe
Murió Emilio, pero no
el de la novela pedagógica
de Rousseau…
Yo hablo del otro, del que
vivía en la calle Chacabuco…
del vecino del barrio…
del alquimista… ese…
que era amigo del Colo…
Murió Emilio Ghilioni,
llevándose con él el secreto
de cómo encerrar
el imponderable Universo,
en el arcón renacentista
de la Sección Áurea.
Conocía también otros
secretos: la fórmula
para desaturar con el
complementario (que le
susurró Grela al oído),
y para pintar en clave
muy alta, sin que el cuadro
a uno después se le
evapore, como una nube.
Los ángeles de las
estampitas extrañarán a
ese Emilio Ghilioni que
les permitió aletear sobre
la angustia de sus
cielos lúgubres…
las caracolas olvidarán la
receta para enroscarse
como Dios manda…
y las muñecas impávidas
entornarán sus ojos
acuosos, mientras gatos
azules desamparados
maullarán en lo turbio de
la noche sin límites.
Y en la Florencia del siglo
XV, las lanzas guerreras de
Paolo Uccello se quebrarán
como si fueran de vidrio.
Todo ese escándalo porque
acá nomás, a pocas cuadras,
murió Emilio Ghilioni…
El pintor Emilio Ghilioni.



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