Cultura y Libros

El amor de Puig

1. Aún hoy me parece ver a Nené corriendo levemente los visillos de la vieja casa para ver pasar a Juan Carlos Etchepare.

Domingo 02 de Agosto de 2020

1. Aún hoy me parece ver a Nené corriendo levemente los visillos de la vieja casa para ver pasar a Juan Carlos Etchepare. La timidez del gesto en el galope delicado del pecho. Te saltaba el corazón, Nené, te saltaba el corazón. Ahí va, ahí pasa, ese tipo pintón, de traje a rayas y de andar sereno en el aroma pueblerino de su cigarro colgando de los labios. Ese Juan Carlos que sin ser tuyo se te escapaba, Nené, enroscado en sábanas de hilo, bordadas a mano, entre las caricias de otras mujeres con perfumes que ya son parte del olvido. Mabel y la viuda Di Carlo. ¿Quién se acuerda de ellas, Nené, ahora que el amor sigue floreciendo en la mirada de las horas, tras los visillos de la vieja casa de Coronel Vallejos? Yo te recuerdo a vos, Nené, como si fuera hoy y como si todo hubiese sido cierto.

2. Manuel Puig nació en General Villegas, el 28 de diciembre del 32. Coco para los íntimos. Su padre, Baldomero, atendía una fraccionadora de vinos, en la parte delantera de la casa, y su madre, María Elena Delledonne, Male, estaba diplomada en química y trabajaba en el hospital regional. Y a vos, Coco, se te vino encima esta cosa de hablar de amor. Y de hablar de un amor prohibido de ese pueblo chiquito de la gran provincia de Buenos Aires. Hablar de amor siempre ha sido peligroso, Coco, deberías haberlo sabido. Hablar de amor es de riesgo, Coco, y conviene no meterse en esos asuntos. Porque todos hemos sufrido por amor y a nadie le gusta sentir cómo se le estruja el estómago recordando aquello de lo que ya es mejor no hablar aunque siga martillando desde la memoria.

3. Los cines de pueblo son los cines de pueblo. O eran, mejor dicho, porque ya no queda ninguno. Salas chicas, con un kiosco o un barcito previo. Butacas de madera con los soportes de hierro negro al costado. Los comentarios callados de la gente. Los coqueteos en la oscuridad. El polvillo flotando en el haz de luz mientras Marlene Dietrich enamoraba desde sus pómulos angulosos y su boca perfecta. En el Cine Teatro Español, lo que el viento se llevó en realidad quedó para siempre. A los tres años, Coco, de la mano de su madre, fue por primera vez a ese cine del que nunca salió habiéndose ido para siempre. Coco todavía sigue ahí, es posible verlo, con su pantaloncito corto, entre las boquitas pintadas de esa pantalla a la que convirtió en mundo.

4. Juan Carlos Etchepare fue un galancito pueblerino por el que todas las damas suspiraban. Mabel, mimada y caprichosa en los perfumes íntimos de los cuerpos, la viuda Di Carlo que supo darle su amor desde la clandestinidad del luto quebrado, acompañándolo hasta el último temprano día de su vida, y Nené. Nené que lo amó resistiéndose al embate de los deseos. Nené que lo esperó porque su amor estaba hecho de espera. Nené que amó a Juan Carlos Etchepare esperándolo detrás de los visillos. Simplemente Nené. Y a mí se me ocurre, ahora que ya han pasado tantos años, que el amor es como la mirada tibia de Nené escondiéndose detrás de los visillos. Y se me ocurre, además, que la espera es parte del amor. Y que hay quienes esperan toda una vida lo que nunca habrá de llegar. Porque el amor, en ocasiones, nunca llega. Porque el amor no es más que una espera eterna.

5. La entrada, de Manuel Puig al cine, en realidad fue una salida. De la mano de su madre y de su niñera Kika, hizo de su vida una película en cinemascope, admirando tanto a Mecha Ortiz como a Greta Garbo pero centrando la mirada en Norma Shearer, su actriz preferida, a la que llamaba La Reina. Su vida cercana, con el colegio a una cuadra de la casona familiar, con la profesora de piano en la casa contigua o sus estudios de inglés para conocer el lenguaje de Hollywood lo llevaron a un viaje transoceánico, sin retorno, que comenzó al irse a terminar sus estudios secundarios en la Capital. Y nunca más regresó a General Villegas o a Coronel Vallejos o a su pueblo, ese en el que su modo delicado y universal contrastaba con el andar de las bicicletas por las calles de los guadales. Y así, Puig emprendió el gran viaje, llevándose en los bolsillos, sin saberlo y para siempre, a Nené y a Juan Carlos Etchepare.

6. Boquitas pintadas, la hermosísima novela de Manuel Puig, en formato de folletín, salió en 1969. General Villegas era Coronel Vallejos, Juan Carlos Etchepare no era, en realidad, Juan Carlos Etchepare y Nené no era Nené. Pero el amor entre ellos flotaba entre los cuchicheos del pueblo, entre la indignación de algunos y el asombro de otros, entre la sorpresa de varios y la vergüenza de los que restaban. Se encendieron las alarmas y hubo fuego en las noticias periodísticas. ¿Por qué Coco relataba con lujo de detalles esos amores que eran tan de entrecasa? ¿Por qué nuestro Coco, que nunca había sido propio, contaba las costillas amorosas de esta localidad perdida en el medio de la gran provincia? ¿Quién había autorizado a Manuel Puig, Coco para los íntimos, a meterse en la vida ajena, aquella a la que solo es posible acceder a través de las habladurías en la voz baja de los oídos atentos al chismorrerío?

7. En pleno apogeo de la seducción y de la juventud, Juan Carlos Etchepare enferma de tuberculosis y tiene que recluirse en un pueblito de Córdoba para curar ese mal que nunca habría de curar y del que moriría poco tiempo después. Y todo para que Nené lo espere, todo para que Nené siga esperándolo, todo para que, en las innumerables cartas que intercambiaron, se hablaran de amor con la misma delicadeza con que Nené corría los visillos para verlo, para verlo pasar. Querida Nené, pienso que si arreglo todo volveré lo más pronto posible. Mirá rubia, ya de charlar un poco con vos me siento mejor ¡cómo será cuando te vea! Hoy fue uno de los peores días de mi vida. Hasta pronto, te besa y abraza, Juan Carlos.

8. En 1974, Leopoldo Torre Nilsson filmó Boquitas pintadas. Alfredo Alcón fue Juan Carlos Etchepare y Marta González fue Nené. Y el revuelo fue mayor que el que se armó con la salida del libro, Manuel Puig no solo se había atrevido a escribir acerca de un amor de trajecitos chaqueta y perfumes en el lóbulo de la oreja sino que, además, lo llevaba al cine. Ahora Juan Carlos era Juan Carlos, de carne y hueso, y Nené lo miraba, realmente, a través de los visillos de su casa. Y fue tan así el asunto que el film fue prohibido en el Cine Teatro Español de General Villegas pero, a la vez, nadie quiso perderse la película que desnudaba los amores ocultos del pasado de esa gente y todos viajaron a las localidades cercanas, con cines habilitados, a enamorarse para siempre de la estampa de Alfredo Alcón y saber de ese amor profundo en los ojos tristes de Marta González.

9. Y la vida de Coco fue la vida de Puig. Estudió cine en Roma, vivió en París, se mudó a Nueva York, vivió en Río de Janeiro, en Buenos Aires en diversas oportunidades y, finalmente, en Cuernavaca. Pero nunca volvió a General Villegas. Escribió, entre otros textos, La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas, The Buenos Aires affair, El beso de la mujer araña y Pubis angelical. Algunos de estos libros fueron llevados al cine y al teatro a nivel nacional así como internacional. En 1982 fue candidato al premio Nobel. Murió el 22 de julio de 1990, a los 57 años y a las cinco de la tarde, allá en México, y a su sepelio asistieron unas pocas personas entre las que se encontraba su madre. Manuel Puig se hizo humo en el aire del amor por las letras y, a su paso, dejó flotando en ese aire una especie de viejo film, en blanco y negro, que todavía lo recuerda y lo nombra.

10. Juan Carlos Etchepare murió en el pueblito de Córdoba. Nené se casó con un médico reconocido de Coronel Vallejos y se fue a vivir a la Capital. Algún tiempo después, junto a uno de sus hijos, aún pequeño, recorrió esos rincones en los que había pasado sus últimos días Juan Carlos. Estuvo en esa habitación rodeada de serranías y pasó, lentamente, la mano derecha sobre la mesa de madera oscura en dónde él escribió las cartas que ella siempre mantuvo consigo como un tesoro amoroso y eterno. Ya sobre el final, Nené, en su lecho de muerte, le pidió a su esposo que las queme. El moño azul que las sostenía fue haciéndose fuego en el fuego y la voz de Juan Carlos flotó, como alguna vez, en el aire de su perfume diciéndole a Nené te quiero como no he querido a nadie.

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