Chau, Julián
El lunes pasado, a los 87 años, falleció Julián Usandizaga, uno de los artistas plásticos más importantes de la ciudad. En este texto, un destacado colega escribe una sentida despedida.
23 de agosto 2020 · 00:00hs
Cuando me entero de la muerte de Julián Usandizaga —el indescriptible, el verborrágico, el insoportable Julián, repitiendo hasta el cansancio el mismo chiste de vascos, o esperando pacientemente que algún lápiz portentoso socave los cimientos del imperio del norte, del capitalismo salvaje y de la estéril vacuidad artística que tanto lo exasperaba y con tanto denuedo combatió—, lo primero que hago es irme a hojear un viejo libro que contiene sus dibujos y sus grabados…
Por lo visto necesitaba fusionar la frágil imagen del ciclista que recorría la ciudad y que tanto se empeñaba en ser ocurrente, siendo sagaz y lúcido como pocos… del excéntrico que hablaba hasta con los perros —y no estoy empleando una sobada metáfora, porque es algo que él hacía habitualmente, con afabilidad y ternura—, amalgamando, digo, al funambulesco personaje que Julián se inventó para afrontar el mundo real en el que estaba inmerso, con ese otro mundo artístico, sinuoso, abigarrado y ahora cristalizado para siempre, que fraguó con la punta de su lápiz, aguzada una y mil veces, y con su formidable buril de grabador.
Un mundo a la vez visceral e implacablemente exacto, como un mecanismo de relojería, que se retroalimenta y metamorfosea sin descanso, se contorsiona y se besa con cortesana elegancia —Los esponsales, de 1972—; narra, desde el soporte literario, el brutal sojuzgamiento de nuestro esquilmado continente americano —Descubrimiento del descubrimiento de 1997—; brama desde un vórtice de dolor universal mucho más aterrador que el del promocionado grito de Edvard Munch —Grito, de 1986—; se multiplica en infinidad de retratos "vaciados de identidad", en los que la atrocidad de la ausencia se torna insoportablemente dolorosa —Los huecos, de 1986—, hasta que en los tres últimos dibujos que reproduce el libro —DNI 1, DNI 2 y DNI 3, de 2005—, es su propia efigie la que se des-dibuja paulatinamente, hasta sumergirse por fin en el olvido y en la nada…
Según señala el filósofo y crítico de arte Félix de Azúa: "Las vidas de los artistas suelen ser tan agitadas como las de los aventureros. Incluso cuando no se mueven de su cuarto, como Marcel Proust o Franz Kafka, hay en sus biografías una desproporcionada acumulación de sucesos incompatible con la tarea cotidiana de ganarse la vida. Es más: un artista de verdad lo que se gana es la muerte. La actividad frenética, el cuidado de la obsesión, y la necesidad de mirar detrás de las puertas, son aspectos que comparten con los exploradores".
Y Julián Usandizaga, acariciando hasta el fin sus tenaces obsesiones y como el cabal artista que fue, se ganó la muerte, pero no sin antes haber explorado con desesperada agudeza, no solo las entretelas de su propia interioridad, sino también las incongruencias, injusticias, aberraciones y crueldades que jalonan la sangrienta historia de todo el género humano, y que —si queremos rendir tributo a su inquebrantable posición ideológica— "el arte por el arte" contempla con indiferencia, mientras el arte comprometido desnuda, combate y proclama a los cuatro vientos, confiando —con hidalgo y esperanzado idealismo— en que alguien, alguna vez, prestará oídos a su silencioso clamor.