Cultura y Libros

Alberto Gerchunoff, un escritor en el vórtice de su tiempo

Una reciente y notable biografía recorre los días del autor de Los gauchos judíos y rescata a una figura excepcional, que sin embargo permanece en los márgenes de la literatura argentina.

Domingo 08 de Julio de 2018

Nacido en una casi desconocida aldea ucraniana que remonta sus orígenes casi cuatrocientos años en la historia del mundo, emigrado de niño a la Argentina hacia finales del siglo XIX, habitante de las colonias judías fundadas por el barón de Hirsch y también de los humildes conventillos de Buenos Aires, hacedor de los más diversos oficios, escritor relevante y figura referencial del campo cultural americano y europeo de su tiempo, muerto a pocos pasos del diario La Nación donde a lo largo de los años intervino de manera apasionada con su escritura dando su opinión sobre casi todos los dilemas de su tiempo histórico, la biografía de Alberto Gerchunoff es no solo la de uno de los escritores más importantes de la primera mitad del siglo XX argentino, sino también la de alguien que encarnó como pocos la realización del sueño americano.

¿Cómo fue que este hijo del shtetl, sin linaje, hablante nativo de una lengua menor como el idish, sin padrinos políticos, llegó a ser el interlocutor y confidente de tantos escritores clave de su tiempo? ¿Cómo logró construir ese increíble derrotero que le permitió unir la diminuta Moises Ville con los cenáculos literarios de París, Buenos Aires o Madrid?¿Cómo llegó este hijo de las colonias a compartir la mesa con Marcel Proust, Valle Inclán o Alfonso Reyes? Son estas algunas de las muchas preguntas que con enorme lucidez logra responder Mónica Szurmuk a la hora de zambullirse en la vida del autor de Los gauchos judíos construyendo un texto biográfico que logra plasmar no solo los recorridos intelectuales del escritor sino además ofrecer un panorama de la Argentina y el mundo en el que Gerchunoff vivió.

El libro lleva por título La vocación desmesurada, porque todo en Gerchunoff era desmesura, desborde, curiosidad e inacabable impaciencia por entender su tiempo e intervenir en él con la ambición de transformarlo en un lugar más justo. Las páginas de esta biografía lo ven como protagonista de la gesta aluvional, aquella que modificó para siempre la Argentina en las primeros años del siglo XX, como testigo de la transformación de las ciudades y sus formas de sociabilidad, como un actor central de las polémicas y los debates políticos, atento observador del surgimiento de las ideologías totales, aquellas que como el fascismo, el nazismo y el comunismo tuvieron un impacto medular en las sociedades europeas y americanas de su tiempo, denunciando la explotación capitalista, la violencia nacionalista en versión criolla durante los días de la Semana Trágica, denunciando el imperialismo norteamericano o rebelándose frente al trágico destino corrido por las comunidades judías bajo el Tercer Reich. Podría decirse que a Gerchunoff nada le era indiferente y que todo lo convocaba para que asumiera el deber de su responsabilidad intelectual. Para dar cuenta de esto, el texto de Szurmuk lee, a la vez que recrea los espacios íntimos y públicos que habitó el autor, revisa con detenimiento los epistolarios, ingresa en las bibliotecas públicas y privadas donde quedó grabada su huella en dedicatorias para, a partir de ellas, trazar afinidades intelectuales, revisa la prensa diaria, los álbumes fotográficos que dan cuenta de sus afinidades intelectuales, lee programas de actos organizados por las más diversas causas y analiza crónicas de homenajes y celebraciones en las que participa o en la que él es la figura central, reconstruyendo de manera prodigiosa los restos dispersos de la vida del autor para concentrarlos en las páginas de este libro.

Si al pronunciarse el nombre de Gerchunoff la memoria espontánea de cualquier argentino evoca su libro más célebre, Los gauchos judíos, luego de leer su biografía se confirma que ese texto es solo un detalle en relación al inmenso conjunto de su obra, una obra que encuentra en la lengua, más precisamente, en la operación de traducción cultural que él llevó a cabo, una de sus zonas más poderosas e interesantes de analizar. Como bien lo señala Szurmuk, Gerchunoff es un mediador entre varios mundos: escribe en español con la memoria de las historias y paisajes de la orilla europea y su infancia sudamericana reverberando en su cabeza, a la vez que construye, como un prodigioso arquitecto letrado, poderosos pasajes que ponen en diálogo la milenaria tradición judía, la escritura peninsular española en la figura de Cervantes, con los legados de la España áurea en la que alguna vez convivieron las tres culturas monoteístas. Inmenso laboratorio cultural que se plasma en sus textos y en el que ensaya, por complejos desplazamientos, un modo novedoso de relacionarse con las tradiciones de las que él se sentía continuador y fiel heredero.
En uno de los pasajes del libro la autora afirma que Gerchunoff pensó América desde una mirada centroeuropea y que, al mismo tiempo, pensó a Europa desde una mirada americana. Acaso podríamos decir que en ese vaivén que une y tensa las dos orillas del mundo, en esa mirada que nunca se aferra del todo a un solo lado del mapa y que logra tomar de cada territorio cultural lo que más le es útil para la construcción de su pensamiento, se encuentran algunas de las claves para entender no solo la motivación de muchos de sus textos sino también el énfasis puesto en cada una de sus opciones vitales e ideológicas.
La vocación desmesurada, este volumen que le exigió a la autora más de una década de investigación en un derrotero en ida y vuelta que va de las diminutas aldeas centroeuropeas a las colonias judías fundadas hace ya más de cien años en el río de la Plata, puede ser leído como una obra genial del género biográfico pero también, por qué no, como una apasionante novela en la que sus principales protagonistas no son otros que Alberto Gerchunoff, el siglo XX con sus luces y sus estruendosos derrumbes, y aquella Argentina que ya no es y que alguna vez supo darle generoso cobijo para transformarlo en su hijo pródigo.

Prólogo de La vocación desmesurada

En uno de los tantos barcos que arribaron a las costas argentinas a fines del siglo XIX, llegó Abraham ben Gershon Gerchunoff a Buenos Aires. Tenía siete años y era el menor en una familia que procedía de la Zona de Residencia del Imperio ruso y que hablaba ídish. En algún momento, quizá en el Hotel de Inmigrantes mismo, le cambiaron el nombre por Alberto Gerchunoff. Poco tiempo después, ya en el campo argentino, eligió el castellano como idioma propio. De ahí en adelante —nuevo nombre, nueva lengua—, su vida se puede narrar sobre la base de logros: sobresalir en el colegio más prestigioso del país, publicar en el diario más moderno de América Latina antes de los dieciocho años, dirigir un diario antes de los veinte, escribir un best seller antes de los treinta, redactar cientos de artículos y decenas de libros, ser nombrado miembro de la Academia Argentina de Letras, fundar el diario El Mundo y liderar la campaña latinoamericana de apoyo a la creación del Estado de Israel. También se puede narrar desde sus amigos y corresponsales, muchos de los cuales tuvieron más reconocimiento público que él: Jean Jaurès, Marcel Proust, Jorge Luis Borges, Ramón del Valle Inclán, Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, Roberto J. Payró, Manuel Manucho Mujica Lainez, Waldo Frank, Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada, Stefan Zweig, Alfonsina Storni, Lisandro de la Torre, Pedro Henríquez Ureña, Arturo Alessandri, Rómulo Gallegos, Pablo Neruda, Marta Brunet. Los documentos sucesorios conservados en el Archivo Judicial situado en la avenida de los Inmigrantes en la ciudad de Buenos Aires, muy cerca de donde desembarcó como niño ruso, dan cuenta del recorrido que fue su vida: no legó propiedades, pero sí muchísima obra, un inconmensurable aporte a la cultura repartido en libros, revistas y diarios, y en la batalla cotidiana por usar la palabra para mantener un sentido ético de la vida y apoyar las causas justas.
En una sociedad como la de Buenos Aires, siempre atenta a la cultura francesa, Gerchunoff se declaró muy temprano apasionado lector de la literatura española. El Quijote fue su guía, su libro de cabecera, su espacio de sosiego. Quijotescamente se enroló en todas las luchas que consideró honradas: la independencia de Cuba, la Revolución Rusa, la República Española, la independencia de la India, la creación del Estado de Israel. Criticó con encono el imperialismo norteamericano, la violencia contra los cristeros en México, la segregación en Estados Unidos, la neutralidad argentina en las dos guerras mundiales, el fascismo y el nazismo. Cabal ciudadano del mundo, ninguna lucha política para lograr justicia le resultaba ajena. Hijo del mundo judío de Europa Oriental, se desgarró presenciando desde lejos su destrucción y dedicó los últimos años de su vida a la creación de un hogar para alojar a los sobrevivientes de la catástrofe.
Es imposible recorrer los diarios y las revistas de la primera mitad del siglo XX sin toparse con su nombre. Gerchunoff se multiplicaba: viajaba por todo el continente dando conferencias o reportando lo que veía para los lectores de La Nación, cocinaba, leía, traducía, iba al teatro, al cine. Según Baldomero Sanín Cano, era un hombre que hablaba para unos pocos en Buenos Aires mientras lo escuchaba, complacido, el continente.
Por su parte, Borges afirmaba que Gerchunoff siempre encontraba la palabra justa y que hablaba con la misma precisión con la que escribía.
Como muchos de los niños judíos nacidos en el Imperio ruso hacia fines del siglo XIX, Gerchunoff hizo de América su casa. Antes de la adolescencia, se sacudió el pasado europeo y se metió de lleno en la vida argentina. Murió una tarde de marzo de 1950 en la ciudad de Buenos Aires, a pasos del diario La Nación, donde había trabajado durante más de cuarenta años y donde aún hoy se lo recuerda como uno de los reporteros más emblemáticos.
Como una figura internacional, surgió de un contexto despojado y pobrísimo, inimaginable para muchos de sus compañeros de redacción y lectores. Nacido a miles de kilómetros del país donde creció, su infancia estuvo marcada por los vaivenes y las privaciones de la migración y por el asesinato de su padre a pocos meses de desembarcar en Buenos Aires. A los trece años, cuando llegó a la capital desde las colonias agrícolas judías de la provincia de Entre Ríos, Gerchunoff ya parecía haberse creado una vida propia y diferente.
La de Gerchunoff es una historia netamente argentina. Hay pocas sociedades en el mundo donde se podría concebir semejante aceleramiento del ascenso social no como excepción, sino como norma. Sus compañeros de juego en la escuela rural y en el conventillo de Buenos Aires llegaron a ser embajadores, catedráticos, escritores, médicos, directores de cine, empresarios y senadores. Recién arribado del campo, huérfano de padre y criado por una madre que nunca dominó el castellano, conoció a Bartolomé Mitre, ex presidente de la Nación y director del diario La Nación, donde escribían las plumas más importantes de la lengua castellana y donde él mismo, todavía adolescente, publicó su primera crónica sobre la infancia en las colonias judías del litoral. Gerchunoff se formó leyendo libros de la Biblioteca Socialista, armó una biblioteca propia ecléctica donde convivían la literatura española, la Biblia y los poetas centroeuropeos. Y transmitió esto a hijas y nietos que, en sus caminos y trayectorias, también reflejan la historia de la Argentina del siglo XX.
Hoy una de sus nietas es profesora emérita de Literatura Medieval Española, área que su abuelo tanto amaba, en la Universidad Hebrea de Jerusalén, a la que llegó después del golpe militar de 1966 que vació las universidades argentinas; otro de sus nietos desapareció en Tucumán en la década del setenta. El legado literario y militante de Gerchunoff está encarnado en ellos y en sus otros nietos, amantes todos de la palabra y de la justicia.
Esta biografía cuenta la desmesura de Gerchunoff, su deseo de transformar la vida en literatura y el mundo en un lugar justo. Se dibuja aquí también un retrato de la primera mitad del siglo XX, con sus miserias y sus logros, sus desarrollos tecnológicos y sus violencias extremas.

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