Si no fuera por los colores estridentes de su frente, el comedor no se diferencia mucho del resto de las casas del barrio Los Pumitas, en el noroeste de Rosario. Para llegar hasta la puerta hay que saltar la zanja, con cuidado de no pisar agua, la construcción está al fondo de un patio donde se cuelan las gallinas de un vecino y los techos son de chapa. Lo maravilloso, lo que hace particular a esa casa modesta, como tantas otras, es lo que sucede adentro. Todos los días, al mediodía o a la tarde, entre diez y siete mujeres limpian, pelan, pican, cortan, kilos y kilos de papas, zanahorias, cebollas o pollo que convierten en los guisos que reparten para unas 200 familias y, en muchos casos, son la única comida caliente que tendrán al final del día.
"Nuestra pesadilla es que alguna noche, alguien se vaya sin poder llevarse la cena. Y nuestro sueño es algún día poder cerrar el comedor, que los chicos coman en su casa, lo que quieran, lo que les guste", confiesan Soledad Aseguín y Belén Vega, dos de las integrantes de la organización que desde 2016 sostiene tres comedores en algunos de los barrios más pobres de la ciudad. Cuando llegaron a Los Pumitas, asistían al comedor las niñas y niños de unas 50 familias. Actualmente son unas 200 y el número va en aumento. "Atendemos a todos los vecinos, sean o no de la organización", afirman casi como una declaración de principios.
Para llegar a Los Pumitas, hay que atravesar varios retenes policiales. En el barrio la presencia policial y de fuerzas nacionales es intensa desde marzo del año pasado, cuando Máximo Jerez, un niño de 11 años, fue asesinado al quedar en medio de una balacera. Ahora, en la plaza del barrio un mural lo recuerda con la vista al frente, la camiseta de su equipo de futbol y los brazos en jarra. A pasos de esa plaza se encuentra el comedor de La Poderosa. Desde que llegó al barrio, la organización feminista nunca suspendió sus actividades. Pero el comedor, las clases de apoyo escolar o los talleres para adolescentes sí se suspendieron los días posteriores a la muerte de Máximo, a los mismos vecinos les daba miedo salir a la calle.
El comedor recibe un aporte de la provincia y del municipio con los que sostienen sus actividades y se compran los alimentos frescos y secos. También de donaciones. La última y la más especial fue la del líder de divididos Ricardo Mollo, quien donó la guitarra que se sorteará en las próximas semanas. Cada rifa cuesta 5.000 pesos que se convertirán en un paquete de arroz, fideos y leche, como se promociona en las redes de La Poderosa.
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El martes pasado lo que había en el comedor eran era media bolsa de cebollas, media de zanahorias y papas, además de varios pollos y fideos que Sol, Belén, Lore, Debo, Ramo, Zori y Mari transformaron en una olla de 100 litros de guiso. La comida empezó a repartirse a las cinco de la tarde, desde dos horas antes, algunas familias ya hacían cola en la puerta del comedor, envase plástico en mano, para llevarse su porción.
Los Pumitas, abandonado
Las recetas y las cantidades de lo que va a parar a la olla depende de la pericia de las cocineras, de lo que se pueda comprar ese día, de las mercaderías que reciba el comedor. "Si hay pollo, ponemos menos verdura, si falta, metemos más zanahoria", explica Belén, con la voz opacada por el enérgico golpeteo de los chuchillos que trozan los pollos y los agudos aullidos de dos gatos atigrados que, desde debajo de la mesa, disputan quedarse con algún pedazo.
El comedor tiene dos ventanas que dejan entrar la luz del mediodía y ese día resultan imprescindibles. Todo el barrio amaneció con la luz cortada y el servicio no se repuso hasta entrada la tarde. "En esos barrios, el Estado nos dejó bastante abandonados", asegura Sol e invita a que funcionarios o legisladores, "del partido que sean, se acerquen a ver el trabajo que hacemos las organizaciones". Y ahí nomás confiesa en que su sueño es que su tarea ya no sea necesaria.
Mientras tanto, siguen trabajando, "por empatía, por amor al barrio o para que los chicos no pasen lo mismo que atravesaron muchas de ellas cuando eran chicas y sus padres perdieron el trabajo, allá por los 90", enumeran de acuerdo a la historia de cada una. "No abrimos el comedor con orgullo, lo hacemos por necesidad", dicen. La misma necesidad que alojan en sus peores pesadillas, que algún día las raciones no alcancen.