Unas cuantas cosas intentó dejar en claro Miguel Ángel Russo desde que tomó las riendas de Central en este nuevo ciclo, el quinto en carrera en Arroyito. Y una de ellas fue que nunca se mostró atado a un sistema de juego. Es más, parece haber una diferencia enorme entre el Russo de los cuatro procesos anteriores y este. Y nada tiene que ver el tema resultados ni el nivel de juego de aquellos equipos y este, sino que a lo que se intenta hacer referencia es que desde el primer día el entrenador canalla fue buscando distintas alternativas de acuerdo a las características de los futbolistas que tiene. Desde aquellos amistosos de pretemporada a estos primeros nueve partidos Russo probó seis esquemas diferentes, algunos de ellos con ciertas similitudes, pero también con diferencias. Y un dato que puede parecer menor, pero en realidad no lo es: las tres veces que el DT decidió modificar el esquema ya en medio del torneo fueron después de dos empates y una victoria, nunca tras una derrota. Se viene el clásico y, por todos estos antecedentes, la pregunta se desploma sobre la mesa: ¿qué decisión tomará Russo respecto al equipo que pondrá en cancha el domingo en el partido más caro a los afectos del hincha?
Queda para el gusto del consumidor pensar si es una medida productiva esa búsqueda permanente del ideal o si tantas variaciones no complejizan el proceso de afianzamiento de una idea, pero lo cierto es que Russo fue mutando de un sistema a otro, aunque en algunos momentos en los que encontró respuestas de parte del equipo también apostó por la continuidad.
Por supuesto este análisis tiene mucho que ver con la decisión que tome Russo para el partido del domingo ante Newell’s, teniendo en cuenta el golpe de timón que pegó en el encuentro frente a Gimnasia, que fue después de otro cambio sustancial que ya había establecido, casualmente tras un partido en el que su equipo mostró (al menos en los primeros 45 minutos) la mejor versión en lo que va del torneo: contra Huracán.
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En el Central que recibió a Gimnasia, Russo sorprendió con el ingreso de Lautaro Giaccone.
Virginia Benedetto / La Capital
Con muy poquitos días de trabajo, apenas 18, (el cuerpo técnico canalla se puso al frente del plantel el 20 de diciembre pasado) Russo tuvo que poner en cancha un equipo en el primer amistoso de pretemporada, en su visita a la Universidad de Chile. Con un equipo que recién se estaba armando y con algunos refuerzos recién llegados pero que se entrenaban aparte, el esquema elegido por el director técnico fue con cuatro en el fondo (Martínez, Komar, Quintana y Fernando Rodríguez) y con Kevin Ortiz unos metros por delante de ellos. Más adelantados otros cuatro volantes (Cerrudo, Mac Allister, Lo Celso y Malcorra) y un solo punta: Jhonatan Candia. Fue con ese 4-1-4-1 con el que Russo comenzó el juego de prueba y error.
Ya buscó otra cosa en el partido siguiente (tres días después), frente a Coquimbo Unidos, y si bien las diferencias no fueron grandes, el equipo se paró de otra forma. Ya con dos líneas de cuatro (abajo, Almada en lugar de Quintana) y con el Pupi Ferreyra (en lugar de Lo Celso) flotando en tres cuartos, abanicando detrás de Candia. En ese 4-4-1-1 Mac Allister ya fue definitivamente el ladero de Ortiz en el círculo central y Cerrudo y Malcorra los volantes por las bandas.
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Russo no quiso que su equipo dejara Chile sin realizar un experimento más, que de hecho fue el que más ruido hizo. Cuando nadie lo esperaba, el amistoso contra Universidad Católica fue con tres centrales, pero con laterales-volantes más cerca del fondo que del medio, lo que estuvo mucho más cerca de una línea de cinco defensores que una de tres con colaboración esporádica de los encargados de las bandas. Lo novedoso fue la posición de Malcorra, quien jugó por el centro, formando un triángulo con Ortiz y Mac Allister, quienes debieron cubrir casi todo el ancho de la cancha porque Cortez y Martínez (por derecha e izquierda respectivamente) estaban más cerca de Komar, Mallo y Quintana que de los mediocampistas. A ese 5-3-2 lo complementaron en la ofensiva Oviedo y Candia.
De esos tres partidos, el de Católica fue el de mejor rendimiento de parte del canalla y seguramente fue eso lo que llevó a Russo, pocos días después, a renovarle la confianza para el inicio del torneo, frente a Argentinos Juniors.
Y con el triunfo bajo en el brazo en el debut no había nada que hiciera pensar que Russo iba a llegar a modificar el esquema. No sólo no tocó el dibujo, sino que mantuvo los mismos nombres. Pero en cancha de Tigre la cosa empezó a cambiar. Porque ya en el segundo tiempo, con el equipo en desventaja, el técnico metió un par de variantes para empezar a jugar con un 4-4-2, que fue el formato que tuvo también algo de recorrido en el torneo.
Fue el cambio que se vio de Tigre a Arsenal, en lo que sería una nueva versión de equipo, la cuarta en el ciclo, incluyendo, se insiste, los ensayos amistosos de pretemporada.
Ya con Infantino habiéndose ganado un lugar entre los titulares después del buen aporte cuando le tocó ingresar en cancha de Tigre, el esquema utilizado fue más tradicional, el de las dos líneas de cuatro y dos puntas, entre los que estaba Alejo Veliz, tras su regreso del Sudamericano sub-20. De hecho, fue el dibujo que más rodaje tuvo. Porque Russo por supuesto no alteró de Arsenal a Lanús y tampoco decidió modificarlo pese al tremendo golpe que el equipo se pegó en la Fortaleza. A esa altura estaba Campaz en el equipo, casi siempre como acompañante de Veliz, aunque por momentos retrasándose unos metros.
Russo tampoco encontró motivos para cambiar tras la goleada que Central sufrió en Junín, ante Sarmiento, y vaya paradoja, sí sintió la necesidad de darle una vuelta de tuerca al equipo después del empate contra Unión.
Y otra vez, para sorpresa de todos, apareció un equipo con tres centrales, pero con un posicionamiento distinto a aquel equipo de las dos primeras fechas. Porque Martínez y el Coyote Rodríguez fueron más volantes que defensores (por supuesto cuando Huracán ponía demasiada gente en ataque el canalla armaba la línea de cinco en el fondo) y porque Campaz y Malcorra conformaron el doble enganche, repartiéndose el ancho de la cancha (el colombiano más por izquierda y Malcorra del otro lado, jugando con el perfil cambiado), unos metros por detrás de Veliz.
Si había un grado de lógica, la misma indicaba que Russo no iba a tocar nada para el partido con Gimnasia, pero nada de eso sucedió. Afuera Komar (para una línea de cuatro tradicional) y adentro Lautaro Giaccone para un dispositivo táctico hasta aquí nunca utilizado: 4-2-3-1. Montoya se paró junto a Ortiz delante de la línea de cuatro y pese al buen partido que había hecho Malcorra en el Palacio Ducó del medio hacia la derecha, el DT lo paró detrás de Veliz, por el centro, con Giaccone a su derecha y con Campaz a su izquierda.
Algunos pocos metros pueden hacer que un esquema se parezca a otro (del 4-4-1-1 al 4-4-2, por ejemplo, la diferencia es mínima) e incluso mucho depende de la forma en la que cada uno ve el fútbol, pero hasta acá Russo ya dejó en claro que mientras los nombres propios le garanticen un mínimo de versatilidad y adaptación, no se atará a un único sistema de juego. Por supuesto los cambios más notorios se dieron en los partidos en los que hubo tres o cuatro centrales, pero también en formatos similares se notaron diferencias.
Se viene el clásico, al que Central llega después de vencer con mucha claridad a Gimnasia en el Gigante. Ahora, ¿es indicativo de algo ese triunfo con buen funcionamiento? No parece. Ni siquiera el hecho de que haber ganado en la fecha anterior serviría para una apuesta fuerte por la continuidad del esquema. Porque, se insiste, Russo nunca cambió después de una derrota, sino que las veces que lo hizo fue tras un empate o una victoria. El técnico, que posiblemente ya tenga en la cabeza los once para el domingo, dejará correr la ruleta y en el momento que sea gritará “no va más”, para que finalmente todos hagan sus apuestas.