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Domingo 21 de Agosto de 2016

Los talentos de Eduardo Piccione

La muestra que se exhibe en la sede de gobierno de la UNR da pruebas de que este creador mantiene su excelencia de factura, más allá de la modalidad expresiva

Eduardo Piccione pertenece a esa singular generación de pintores rosarinos que a fines del siglo pasado —¡no estoy hablando del siglo XIX sino del XX, del que nos separan apenas dieciséis años!— arrasaba con los premios en los salones oficiales, seduciendo a los jurados con lienzos de gran tamaño, que él ejecutaba haciendo gala de una extrema precisión y un consumado oficio.

En las pinturas de aquel entonces, la magia consistía en operar sobre piezas del mobiliario más trillado —una silla, una mesa, un pequeño armario— insuflándoles a esos objetos inanimados de uso cotidiano no sólo una magnitud monumental, sino también una cautivante e indefinible dimensión onírica. Piccione era capaz de convertir una humilde silla en un testigo de cargo, "cargado" de impenetrables secretos.

Por múltiples circunstancias que sería arduo enumerar aquí, las pautas estéticas cambiaron de rumbo, los espacios de legitimación se radicalizaron, hasta adoptar posturas irreductiblemente unívocas y sectarias —pluralismo: ¡vade retro!—, y no me cabe duda de que esas circunstancias hostiles contribuyeron a que el predicamento de la producción de Eduardo Piccione, por lo menos en el ámbito local, se resintiera un tanto.

Es por eso que resulta sumamente gratificante poder comprobar en la muestra Artificios, que Piccione despliega en la Sede de Gobierno de la Universidad Nacional de Rosario (Maipú 1065), que su creatividad y su excelencia de factura se mantienen intactas, cualquiera sea la modalidad expresiva que encare.

En efecto, así como su pintura conoció variantes tan dispares como el rigor dibujístico más estricto, la vaguedad de atmósferas luminosas a lo Turner o la homogeneidad de planos de color apenas modificados, sin que esto comprometiera jamás su alto nivel de artisticidad, así también los objetos que conforman Artificios dan cuenta de una calidad plástica encomiable.

Concebida en cuatro bloques adaptados inteligentemente a la estructura arquitectónica de la sala, la propuesta —tal vez no sería impropio juzgarla como una instalación— se inspira en los endebles refugios que los isleños construyen para afrontar situaciones climáticas adversas, y podría leerse como una transmutación poética y testimonial de "la precariedad", incluida, naturalmente, la precariedad de cualquier civilización en la que se piense y, muy en particular, la de la existencia humana.

Así como en su esmerada pintura de los años 90 Piccione jugaba a mezclar escalas totalmente inconciliables entre sí —por ejemplo, apoyando una escalera minúscula contra una silla de proporciones colosales—, aquí explota la confrontación de pequeños objetos primorosamente confeccionados con su versión ampliada fotográficamente (tarea que estuvo a cargo de su hija), y satiriza la irrupción del lenguaje discursivo en el mundo de la representación plástica, incorporando algunos comentarios en lenguas tan exóticas como el idioma persa. A juzgar por esa humorada, nuestro artista pone en tela de juicio la práctica tan extendida en estos tiempos, de que para poder "vivenciar" el mensaje subyacente en una obra hay que acudir al auxilio de su, por lo general pomposa, abstrusa y aburrida, fundamentación teórica.

El conjunto, sin embargo, es de una coherencia irreprochable. Si uno recorre la muestra desde la puerta de ingreso hacia el fondo (vale decir, en el sentido contrario al de las agujas del reloj), puede ser partícipe de los "diálogos" que mantienen lo real y su re-creación fotográfica, el sesudo análisis crítico y el decir específicamente artístico y, para terminar, hasta puede asistir al intenso coloquio que entablan dos sillas "corpóreas" con sus respectivas imágenes bidimensionales, sumergidas en la espacialidad virtual de un cuadro de 1998.

Aunque, a decir verdad, el protagonismo más atractivo de la exposición corre por cuenta de guijarros delicadamente translúcidos, como si fueran trozos de ámbar o de jade, de tenues filamentos deshilachados, de ramas que fueron ensambladas amorosamente y luego gastadas, pulidas y frotadas, con delectación más que evidente, y de cordeles que se entrelazan, rítmicos y sinuosos, o se tensan hasta el límite de la rotura.

Cuando termino de visitar la muestra, me bullen en la cabeza miles de interpretaciones, incluso en idioma persa. Y aunque no pueda esgrimir ningún argumento valedero para justificar la comparación, relaciono estas bellísimas y absurdas piezas arqueológicas soñadas por Eduardo Piccione, con tesoros exhumados de alguna tumba antigua, con las célebres máquinas que imaginó Leonardo da Vinci, o con las construcciones, refinadísimas, de Marcelo Bonevardi.

Recién ahora me doy cuenta de lo que estoy haciendo: celebrando la heroica y sublime gratuidad del arte.

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