Una orquesta que unió la amenidad británica con la rigurosidad alemana
Una de las más esperadas actuaciones de la temporada clásica rosarina, la alemana Orquesta Sinfónica de Bamberg, pasó por teatro El Círculo el martes junto al pianista Till Fellner. La velada comenzó con uno...
12 de mayo 2011 · 01:00hs
Una de las más esperadas actuaciones de la temporada clásica rosarina, la alemana Orquesta Sinfónica de Bamberg, pasó por teatro El Círculo el martes junto al pianista Till Fellner. La velada comenzó con uno de los más hermosos conciertos para piano y orquesta de Mozart, el nº 23. Terminado para la primavera de 1786, en paralelo a la ópera Las Bodas de Fígaro, este concierto fue preciosamente elaborado por Mozart mostrando un exquisito equilibrio en el diálogo solista-orquesta.
Es una obra que se debate entre la luminosidad de sus movimientos externos y la melancolía de su adagio central. La orquestación está pensada para transmitir una patética belleza. Por esta razón, Mozart omite los habituales oboes, demasiado estridentes para la estética de esta obra, e incorpora los clarinetes, rara vez utilizados en sus conciertos para piano, dotando al discurso musical de una velada sensualidad.
Fellner ofreció una soberbia interpretación de este concierto demostrando que no en vano es un nombre descollante del panorama pianístico mundial. Es estilísticamente respetuoso, seguro, fraseo limpio, calidez en los detalles y una compenetración profunda con la partitura.
La orquesta reducida sonó sin fisuras. Se extrañó un vuelo de mayor lirismo pero la solvencia de todos los implicados fue más que suficiente para satisfacer a la platea.
La Orquesta de Bamberg fue fundada a fines de la década del 40 y tuvo grandes directores como Rudolf Kempe, Witold Lutoslawsky y desde el año 2000 al inglés Jonathan Nott. Por su parte, el pianista vienés Till Fellner, alumno de Alfred Brendel, en 1993 ganó el Concurso Clara Haskil en Vevey (Suiza).
Tras el break. La Orquesta de Bamberg, con todos sus integrantes, atacó en la segunda parte del concierto con la Cuarta Sinfonía en Mi Bemol Mayor, Romántica de Anton Bruckner. Nott dirigió esta monumental sinfonía de más de una hora de duración sin partitura.
Cuando del trémolo inicial de las cuerdas emergió el diáfano sonido del corno, quedó claro que Rosario estaba ante una gran orquesta.
El final del primer movimiento con su contrapunto de metales y cuerdas llevó a un clímax de pura energía. Las violas, que tienen un rol protagónico en el segundo movimiento, sonaron impecables. El movimiento final con sus contrapartidas de metales y cuerdas fue superlativo.
Todo lo que la gente esperaba de Bruckner estuvo allí, la profunda densidad de las cuerdas, los metales suntuosos y aterciopelados, el equilibrado resplandor de las maderas pintando un plácido cuadro pastoril que da paso a los excesos sonoros de la danza campesina del Scherzo y del apoteótico final, todo sincronizadamente pautado por la batuta de Nott, del que se dijo acertadamente, que une la amenidad británica con la rigurosidad germana.
El publico estalló en una prolongada ovación, el bis en agradecimiento fue lo más impresionante de la noche: una version superlativa del preluidio al acto I de “Lohengrin” de Richard Wagner. Todo funcionó a la perfección, las cuerdas, los bronces y la serenidad de Nott marcando los tiempos siempre con una sonrisa en su rostro, como en estado de gracia. Fue una noche histórica de la mano de una de las orquestas más sólidas de Europa que pasó por Rosario en un año especialmente rico en ofertas musicales de primer nivel.