Emoción. Mucha emoción y alegría. Ese es el sentimiento y el tono que marcó el reencuentro de Jaime Roos con el público rosarino después de 15 años de ausencia. El uruguayo tocó el jueves a la noche en el teatro El Círculo en un regreso con gloria que hizo que la espera valiera la pena. No sería arriesgado afirmar que hace mucho tiempo que en Rosario no se ve un show de semejante nivel por varias razones: por el peso del repertorio, por la potencia y la versatilidad musical, y por la singularidad y la identidad de Roos como intérprete y compositor.
“¡No te retires nunca Jaime!”, gritó una mujer desde la platea, y él respondió muy tranquilo: “Nunca dije que lo iba a hacer”. Y es cierto. Sin embargo, en la última década, Roos pasó por un período de introspección y de “poner la casa en orden”: abandonó viejos vicios, revisó y reeditó su discografía y cuando por fin iba a volver a los escenarios lo agarró la pandemia del Covid en medio de los ensayos. Finalmente, después de sucesivas postergaciones, aquí está Jaime Roos otra vez en la ruta, a los 69 años, y eso se festeja, porque más allá de la excelencia de muchos de sus discos, Roos se disfruta sobre todo en vivo.
Las bandas que convoca el montevideano ya valen el precio de la entrada. Y en esta gira tiró la casa por la ventana. El show empieza justamente con la voz en off de Jaime presentando a los integrantes de la llamada Banda Completa: son 21 músicos que entran y salen del escenario según lo que requiere cada canción. Ahí están los enormes hermanos Ibarburu (Nicolás en la guitarra y Martín en la batería), más el coro de murga Los Reyes del Tablado, la batea de murga La Tríada y una cuerda de tambores, entre muchos otros. Todos se combinan con precisión y sin pisarse para pasearse del candombe a la murga, del rock a la milonga y del tango al funky.
Quizás esta reseña resulte un tanto desprolija o no respete al pie de la letra cómo se desarrolló la lista de temas. Es difícil tomar nota en este tipo de shows. Uno se deja llevar: tiene ganas de cantar, de bailar, de involucrarse. Lo que es seguro es que el comienzo del recital con “Los futuros murguistas” anticipó la onda festiva que iba a tener la noche, aún dentro de la conocida melancolía rioplatense. Ese tono también se encendió en “Los Olímpicos”, “Al Pepe Sasía”, “Tal vez Cheché”, “Cometa de la Farola” (con los Ibarburu derrochando talento), “Cuando juega Uruguay”, “Amor profundo” (con la voz virtuosa de Pulpa Méndez) y las inoxidables “Adiós juventud” y “Durazno y Convención”. Hubo más cuerda de tambores y coro de murga con “Que el letrista no se olvide”, “Colombina” y el gran clásico del carnaval uruguayo, “Brindis por Pierrot”, cantada por Pedro Takorián, que se quebró de la emoción.
Otros clásicos se impusieron con su tono grave y sus sentidas letras, como “El hombre de la calle” y “Victoria Abaracón”, y además hubo espacio para dos preferidos del público argentino: el huayno “Si me voy antes que vos” (que hizo que a algunos se les piantara un lagrimón) y el candombe lento “Amándote” (del que alguna vez Jaime renegó porque las radios literalmente “lo quemaron”).
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El público se emocionó y recibió cada canción con una ovación.
El show fue muy rico en climas y estilos. Los ecos tangueros de “Las luces del estadio” rebotaron por todo el teatro con una intensidad increíble (gracias al contrapunto de una guitarra criolla y la eléctrica de Nico Ibarburu), mientras que “Esta noche” elevó la temperatura con su funk rock apoyado en el duelo de bajo y guitarra. Los momentos más íntimos, sin embargo, fueron la joya de la corona. Roos eligió algunas canciones que él llamó “escondidas”, temas que casi no figuran en sus repertorios en vivo, y los puso a brillar en el escenario: la excepcional “Milonga de Gauna” (que escribió para la película “El sueño de los héroes” de Sergio Renán, basada en el libro de Adolfo Bioy Casares); “Golondrinas”, del disco “La margarita” (1994); “Good Bye (el tazón de té)”, de “Si me voy antes que vos” (1996), y la beat “Lluvia con sol”, apertura del álbum “Sur” (1986).
Es notable cómo la naturalidad de Roos logra acortar la distancia con el público: el montevideano respondía a algunos gritos de la gente como si estuviera en el living de su casa. Faltaba el mate de por medio nomás. Y no se olvidó de nadie: contó que había saludado a Hugo Fattoruso por su cumpleaños número 80 (que fue el mismo jueves), nombró a Fontanarrosa y a sus amigos rosarinos, dedicó temas a espectadores que habían venido especialmente de Buenos Aires, habló un rato de fútbol y de Messi (por supuesto) y contó historias de canciones recordando a Mercedes Sosa, a Piazzolla y a Goyeneche.
Jaime se despidió del teatro de la misma manera en que comenzó el espectáculo: presentando uno a uno a los integrantes de su banda, esa “pequeña sinfónica popular”, como él mismo la llama, que se desplegó en el escenario con él como director. En vivo quedó demostrado (por si hacía falta) que sus 15 años de ausencia se hicieron larguísimos por estas pampas porque Roos es un músico vitalmente necesario. Tal vez su estética y su estilo no constituyan hoy en día una influencia visible para las nuevas generaciones, pero su obra y su ética a la hora de mostrarla y difundirla es fundamental para descubrir y disfrutar la cultura del Río de la Plata.