Cuando todo lo que te rodea es agua parece difícil pensar de una manera coherente. Incluso cuando la vida se puede perder en segundos. Sin embargo, Pietro (Ettore D’Alessandro) no se deja amedrentar ni por la explosión de esa embarcación que llevaba una encomienda, ni por los muertos flotando a su lado, ni por los tiburones que lo rodean. El pelea por sobrevivir y en ese tránsito se toma de lo que tiene a mano y de los elementos constitutivos de la personalidad esquiva y egoísta que cosechó en medio de la sociedad de consumo de los tiempos en que vivía en tierra firme. Lo demostrará cuando se encuentre primero con Abreu (Marcelo Subiotto), a quien le robará su billetera minutos antes de su muerte; y también con Benel, un dominicano que está esposado y encerrado en una embarcarción y con quien entablará una relación tensa y distante, con muy poco de empatía y camaradería, y con quien tendrá un cruce en el que se dirimirán cuestiones raciales. Pablo Giorgelli, en su tercera película después de su debut con “Las acacias”, premiada en Cannes, e “Invisible”, vuelve a hurgar sobre el derrotero de personajes solitarios y con realidades esquivas en un contexto oprimente. En este caso pone la cámara en náufragos que, valga el oxímoron, están hundidos por un sistema capitalista. El cine de Giorgelli no es complaciente, se toma los tiempos necesarios para mostrar el hastío de sus criaturas, pone en primer plano el sonido del agua porque es eso lo que le taladra la cabeza a Pietro, Abreu y Benel. Y elige hacer foco en las miserias humanas en medio de situaciones de finitud extrema. Y casi como un estigma que defiende en toda su filmografía, Giorgelli opta por finales no conclusivos. Porque estos personajes, tan vulnerabales como todo mortal, también tienen la fuerza suficiente como para atravesar esta historia y pensar qué podría haber sido de ellos si la trama continuaría. En esa delgada línea se mueve “La encomienda”, con un mar poderoso que se traga todo como un monstruo. Y tres almas que, entre sus desgracias, quieren seguir viviendo.





























