"Mi amor, la libertad es fiebre". Este texto, breve, urgente, con la noticia aún tibia de la muerte del Indio Solari, podría escucharse con "Blues de la libertad de fondo". Así fue escrito.

Este viernes por la mañana falleció el cantante de Los Redondos, un músico que supo acompañar y contar una época
Por Matías Loja
Foto: Virginia Benedetto / La Capital
Gustavo llora la muerte del Indio y le rinde homenaje en un mural de la zona sur de Rosario.
"Mi amor, la libertad es fiebre". Este texto, breve, urgente, con la noticia aún tibia de la muerte del Indio Solari, podría escucharse con "Blues de la libertad de fondo". Así fue escrito.
Porque apenas un puñado de horas después de que se conociera la fatal noticia para el pueblo ricotero —nunca más justa esa categoría, pueblo—, El Pelado se acercó con un ramo de Santa Rita de un rojo furioso para depositarlo como ofrenda a los pies de un mural en el Fonavi de Brandazza al 2800.
El mediodía del barrio Latinoamérica no interrumpió su pulso, pero en esa esquina, frente al mural, algo se detuvo. Gustavo —aunque todos los vecinos lo conocen como El Pelado— llegó con un rito simple y devastador. Se acercó a la pared y depositó la flor con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de su pena. "Qué tremendo", balbuceada una y otra vez. Un pibe se acercó en silencio, le dio un abrazo y se fue. Después de eso, Gustavo simplemente se derrumbó.
En la pared, la figura del Indio Solari, imperturbable con sus gafas de sol y el micrófono en mano, lo observaba desde el mural. Sobre la pintura, una frase, rescatada de un concierto de principios de los noventa, cortaba el aire: "No nos olvidemos de nosotros, recordemonos". El tono imperativo guarda un dejo de ternura. En cada show Solari solía pedir a su público que se cuiden entre ellos. Para solo seguir cantando. Un recordatorio de que la memoria se teje con gestos pequeños, con presencias efímeras. En este día y cada día.
Gustavo, sentado, con las manos apoyadas en el suelo, era la prueba viviente de esa orden. Sus hombros se sacudían bajo una campera negra impermeable que parecía demasiado pesada. El llanto era un sonido sordo, una mezcla de balbuceos y aire cortado. Había un dejo de orfandad en el gesto de ese hombretón de barrio arrojado en el suelo.
—Los vi siempre, los escuchaba.
Solo eso alcanzó a balbucear antes de que las lágrimas ganaran su humanidad. No pudo decir más.
Un taxista pasó raudo, le sacó una foto y gritó: "Aguante el Indio y Los Redondos".
Sin levantar la vista de la flor roja dijo que su tema preferido era "el de la libertad". Quizás, en alusión a ese blues desgarrador incluido en Luzbelito. Ese que ha visto tanto hermano muerto, tanto amigo enloquecido. Y que ya no puede soportar la pendejada de que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo.
Gustavo apenas pudo articular palabra cuando mostró su tatuaje de Patricio Rey en su hombro izquierdo. Sus ojos húmedos buscaban desesperadamente una frase que explicara el agujero que la muerte del Indio había dejado en él. Aunque una canción dijese que eso era imposible, porque nadie es capaz en matarte en mi alma.
"El de la libertad". Gustavo no estaba pidiendo una explicación técnica de la canción o recordar su nombre. Ofrecía quizás un fragmento de su propia historia, algo que en algún momento lo había conmovido, un recuerdo que el Indio le había dado y que ahora, con su muerte, se convertía en un refugio.
Mientras los canales de noticias mostraban imágenes de ricoteros llevando flores y cartas a las puertas de la casa del Indio en Parque Leloir, en una barriada rosarina la Santa Rita carmesí fue un último acto de lealtad de un mediodía triste.
"Tanto amor y no poder nada contra la muerte", escribió alguna vez el poeta peruano César Vallejo. Ahora el Indio Solari —"su manifestación física", como escribieron en su cuenta de Instagram— ya no está. Pero en el barrio Latinoamérica, frente a su mural, un hombre lloró este mediodía brindó por su libertad y por un blues que nunca dejará de sonar.
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