Alejandro Sanz sale a escena y Metropolitano explota. Hacía siete años que el madrileño de 54 años no venía a Rosario, pero está comprobado que el idilio con su público, mayormente femenino, está intacto. “Lo logré, estoy feliz”, se leía en un cartel de una joven en las primeras filas. Unos metros a la izquierda había otro más confesional de una fan: “Hoy es mi cumple, llevo 27 años amándote”. Casi sobre el fin del show, la cumpleañera tuvo su regalito, ya que el cantante, en los bises la miró y le dijo “feliz cumpleaños”. Y un rato después lanzó “viva la música, viva la vida”. La frase de cierre de Sanz enlazó perfecto con un show celebratorio, en el que a lo largo de una veintena de temas (muchos de ellos por la mitad en el recurso medley o popurrí, por el cual se enganchan los hits para que entren más canciones y el show no se estire tanto) la gente salió extasiada, empapada de Sanz.
El show fue impactante. No sólo por la puesta, con cuatro pantallas en el escenario y dos gigantes en los laterales, sino por la calidad de su banda, integrada por diez músicos con una poco frecuente paridad de género, cinco hombres y cinco mujeres. Incluso llegó a haber un trompetista más y un guitarrista, que son asistentes de sonido que se sumaron en temas puntuales para sumar potencia instrumental.
Sanz apuesta a un pop romántico sazonado con aires flamencos en algunos arreglos, lo que le da una particularidad a esas canciones que conviven entre las demasiado melosas y algunas contestatarias. Entre estas últimas, se destaca el tema con el que abrió el concierto, la irresistible “No es lo mismo”, con su cadencia de hip hop. La voz disfónica es su sello y también su carisma, de alta efectividad en los temas con ritmo de son cubano como “Labana” o en otros más intimistas como “Regálame la silla donde te esperé” o ese hitazo que es “Cuando nadie me ve”.
La gran sorpresa de la noche llegó cuando tomó la guitarra e interpretó un clásico de Joaquín Sabina que, como tantos otros hits propios, fueron coreados por la concurrencia. Aunque la impronta poética de su compatriota nacido en Ubeda es diametralmente opuesta a la de Sanz, la interpretación fue tan sentida que le calzó de maravillas.
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De pie y filmando. El público mostró su fanatismo por Alejandro Sanz.
Gentileza Diego de Bruno
“La rosa”, uno de los pocos temas del disco nuevo “Sanz” que sonaron en la noche, fue un buen momento del show, pero mucho más efectivo fue “Amiga mía”, con el público de pie, algo que se repitió a lo largo del concierto, como si las sillas no hubieran estado, y con celulares encendidos filmando y sacando fotos casi todo el tiempo, en una prueba más del fanatismo que genera el astro español.
Luego del hit que lo lanzó a la popularidad: “Corazón partío”, con una banda sonando a pleno y con algunos instrumentistas, como la baterista y el tecladista, coreando de punta a punta los temas como si fueran parte del público, Sanz se despidió cuando ya había transcurrido una hora y media desde el arranque con “No es lo mismo”, y una hora más si se cuenta la buena previa que ofreció la cantante local Mercedes Borrell.
Sin embargo, nadie se quería ir, aunque fuese miércoles y había que levantarse a trabajar el jueves. En un plan intimista, los bises llegaron con una versión acústica del recordado “Viviendo de prisa” y, con Sanz solo en el piano en el centro del escenario, con la bellísima balada de desamor “Lo ves”, en un ritual mágico con el público, como si fuese un fogón de los años 70. El final del final vino con otro hitazo: “Y ¿si fuera ella?” y “Ese último momento” como para terminar bien arriba con la gente cantando y las caras felices del público reflejadas en las pantallas con la frase “este último momento vívelo y los demás que aguanten”. Tras la lluvia de papelitos, la gente se fue yendo con Sting sonando en los parlantes con “Every Little Thing She Does Is Magic”. Como para ratificar que ese momento mágico seguía latiendo en Metropolitano.