En verano el sol de Ushuaia acaricia, envuelve y acompaña día y noche. Sí, en casi todo momento febo sostiene su presencia, incluso hasta en horas en las que todo descansa y sólo el viento del sur mantiene su vuelo inquieto.
El nombre de la ciudad más austral del país es un término yamaná que significa “bahía que mira al poniente”. En verano, cuando el frío no es tan abrasador, es una época ideal para conocer la belleza de la capital de la provincia más joven de la Argentina, su rica historia, su apacible presente, su gente y sus hermosos paisajes. Tan diáfanos como sus noches blancas. Contradictoriamente blancas.
Una remerita debajo de la campera térmica parece alcanzar en pleno verano para realizar cualquier excursión, escapada o paseo por los impresionantes paisajes que, generosa, ofrece la ciudad de Usuhaia. Sin embargo, hay que tener en cuenta que pese al sol el frío pega y puede ponerse bravo. Sobre todo si una copiosa lluvia irrumpe en medio de un paseo en catamarán por el Canal de Beagle o una nevada sorprende en plena escalada al glaciar Martial.
Una buena y variada infraestructura hotelera acompaña el incesante arribo de turistas de distintas geografías del mundo, desde sitios exclusivos hasta apacibles hostels repletos de jóvenes, en su mayoría europeos. Para ellos, un café caliente o un mate fraterno es el inicio ideal para empezar a recorrer desde temprano los tesoros que encierra el fin del mundo.
Huellas en la nieve. En auto son un par de minutos en viaje en constante subida desde el centro de Ushuaia hasta la base del glaciar Martial. Allí una aerosilla invita a apreciar el primer tramo desde las alturas, planeando la belleza del bosque blanco y los primeros rincones de nieve. Y en el primer descanso llega la etapa del ascenso. Son 45 minutos de poco más de 1.400 metros de un empinado y zigzagueante trecho de 275 metros de desnivel.
Agua, abrigo, buenas zapatillas y a caminar. El sendero se abre entre las rocas, mientras pequeñas canaletas naturales traen agua pura de deshielo. De a ratos, el avance es interrumpido por un breve parate necesario para recuperar energías. Pero el esfuerzo vale la pena cuando a 825 metros sobre el nivel del mar, un cartelito blanco con letras rojas indica el fin del sendero del glaciar Martial. La foto ideal. Y si una nevada acompaña ese momento, la escena por sí sola paga todo el viaje y el cansancio acumulado. Porque es divertirse con la nieve y el blanco paisaje infinito con ojos de niño.
También para disfrutar al aire libre, una parada ineludible es el Parque Nacional Tierra del Fuego. A través de un sendero de madera se puede llegar hasta las castoreras de la Bahía Lapataia o contemplar la bella inmensidad del Lago Roca, un paisaje de ensueño que es toda una postal natural. En el extremo este de la ciudad se encuentra la Playa Larga. Frente al Canal de Beagle, una caminata por la zona permite internarse en bosques con altos, blancos y secos árboles que, por momentos, parecieran escenarios encantados sacados de un libro de Tolkien.
Aunque requiere invertir un par de horas, otra escapada característica es el paseo en catamarán por el Beagle, visitando las islas de pingüinos, aves y lobos marinos. Es en ese itinerario en donde se bordea el faro Les Éclaireurs (Los Iluminadores), la torre de once metros de altura con rayas blancas y rojas que aún hoy se encuentra en funcionamiento. Es la tradicional instantánea al promocionado por muchos como el “faro del fin del mundo”, aunque en rigor la novela homónima de Julio Verne está inspirada en otro faro: el de San Juan de Salvamento, de la isla de los Estados.
La ciudad. La calle San Martín es la principal arteria de la ciudad, la que concentra los negocios, tiendas de souvenires y bares con variada oferta. Para desayunar, nada mejor que probar el rico café de Andino o degustar las deliciosas tortas de Tante Sara. Para la cena y el almuerzo, las parrillas y restaurantes cuentan con una carta en la que se destaca la merluza negra, los mariscos, la centolla y el tradicional cordero patagónico.
Sobre la avenida Maipú se emplaza el Monumento Malvinas, levantado de cara al canal en homenaje a los caídos en la guerra del Atlántico Sur. También por la costa está el Paseo de los Artesanos, otra opción para los buscadores de recuerdos.
Pero para los lugareños, la ciudad también se presta para escribir allí nuevas historias. Como ese sábado en el que una boda se celebra en la parroquia Nuestra Señora de la Merced (San Martín y Don Bosco), el mayor templo de la ciudad perteneciente a los salesianos, congregación que desarrolló una profunda tarea pastoral en toda la Patagonia.
Por la noche, y en un apacible barcito ubicado sobre calle Gobernador Paz, se realiza la fiesta. La celebración, en ese último rincón del mundo, es casi perfecta. Tan tierna y chiquita como luminosa. Los comensales llegan con el sol de la tardecita y se marchan ya de madrugada, cuando los primeros rayos dan la bienvenida a un nuevo día. La pareja aún baila mientras los invitados se marchan caminando bajo el suave sol del sur. El preludio de otro amanecer de eternas noches blancas de verano.