El viajero que huye

Un tranvía llamado deseo

San Francisco es una ciudad amigable, encantadora y única. En sus calles se respira un aire cosmopolita como en ningún otro lugar de Estados Unidos. La bahía, el Golden Gate, el tranvía, la mezcla de culturas hacen que cada uno de sus barrios tenga una identidad única e irrepetible. Pasear por sus calles, perderse y encontrarse, es una experiencia que vale la pena.

Domingo 09 de Septiembre de 2018

Es cara, queda lejos, tiene un endemoniado clima bipolar y, así y todo, es irresistible. Tiene un aire europeo que desconcierta y, sin embargo, mire por donde se la mire, es ciento por ciento Estados Unidos. Es elegante, atrevida, asombrosa y empecinadamente cosmopolita, por eso seduce. Por el colorido, la mezcla de culturas y el respeto por la diversidad. San Francisco es una ciudad orgullosa, pero también humilde, como su gente, que como la nuestra llegó en los barcos y encontró en la soleada California su lugar en el mundo.

San Francisco


   Para que sepas: No hay nada más esquivo que el Golden Gate. Uno puede estar cruzándolo en auto, en bicicleta o en el Big Bus y no verlo. Como en un acto de ilusionismo de Houdini, la neblina lo oculta o lo deja ver cuando le viene en ganas. Lo curioso es que está en todas las fotos y, cuando uno mira al horizonte, su presencia se intuye fantasmagórica. Así que, si hay sol y el cielo está claro, el gran plan es ir a buscarlo. Acaso sea un día de suerte y hasta se deje sacar una selfie.

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   Un buen dato: Lograr una buena foto del puente desde la ciudad es imposible. Sólo hay un lugar que ofrece una perspectiva digna de ser inmortalizada. Desde el Palace of Fine Arts Theatre, una visita obligada, hay que bordear la costa, atravesar Crissy Field y la playa pública y llegar hasta la cafetería que está frente al último espigón que se interna en la bahía. Hay que andar un trecho más y recién entonces, sí, el Golden Gate se deja fotografiar. El paseo se extiende por un poco más de tres kilómetros, en bicicleta, es un juego de niños.

>> Leer más: La bahía en dos ruedas

   Panorama: El clima, como en toda ciudad marítima, es traicionero. Puede amanecer soleado, cálido y acogedor, y con el correr de las horas, por obra y gracia del viento helado que sube de la bahía, nublarse y bajar la temperatura hasta helar la sangre. Si el día va ser largo lo mejor llevar un abrigo, nunca se sabe cuándo y cómo el paraíso se volverá infierno. Lo bueno es que a cada paso, aquí, allá y en todas partes, hay cafeterías que ofrecen refugio y bebida caliente. Así que no hay nada que temer, todo lo contrario.

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   Entrelíneas: San Francisco es una ciudad de fuertes contrastes. Así como es capaz de dejar librados a su suerte a miles de homeless, también puede marchar ardorosa en defensa de los derechos de los animales o la donación compulsiva de órganos en China. Parece raro, pero no lo es. Su puerto es poderoso y eso hace que su fisonomía tenga marcas, colores de culturas lejanas. Es un caleidoscopio que muestra formas inimaginables que bajo la luz del sol son encantadoras, pero por la noche estremecen.

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   Paso a paso: Amable, encantadora, San Francisco es un patchwork colorido en el que cada barrio se revela único e irrepetible. En el centro, en el cruce de Powell y Market, está la parada del tranvía que, con andar cansino pero seguro, llega hasta Fisherman's Wharf. Alrededor de Union Square se concentran las tiendas de moda, desde Uniqlo hasta Apple, desde Banana Republic hasta Victoria's Secret y se levanta imbatible la sucursal local de Macy's. Es el centro neurálgico de la ciudad, la hoguera de las vanidades.

  •    Caminar desde Powell al puerto por Market es toda una experiencia. Acaso no sea la calle más pintoresca, pero sí la que late con el pulso de los habitantes de la ciudad. Puestos callejeros, enjambres de ciclistas, colectivos, trolebuses, gente común que va a su trabajo con un vaso térmico con café en la mano y auriculares en la sien. Y es así porque ahí está el poderoso Distrito Financiero y el dinero.

  •    Al final de la recorrida se llega al Ferry Building, que alberga un mercado donde conviven pastelerías de autor, tiendas de vegetales orgánicos, vinerías con las mejores etiquetas californianas y hasta una casa de venta de empanadas argentinas, El Porteño. También, la coqueta heladería Humprey Slocombe y su menú de gustos inexplicables, si te entran dudas sobre cuál probar pedí Blue Bottle Vietanamese Coffe, una delicia.

  •    Hacia el norte se extiende el Embarcadero, un paseo ideal para estirar las piernas y disfrutar de la brisa marina. En camino hacia Fisherman?s Wharf están el Exploratorium, un museo de ciencias y arte que deslumbra a niños y grandes, y Pier 39, un centro comercial sobre un espigón de madera desde donde se puede ver cómo descansa al sol una remolona y ruidosa colonia de leones marino

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   Qué hay más allá: Desde Powell, también por Market pero en la dirección opuesta, está Castro, el famoso barrio gay de la ciudad. Nada mejor que llegar a bordo de uno de los trolley italianos de la línea F de la Market Street Railway Company, que fueron fabricados en Milán en 1928 y aún hoy funcionan a la perfección. Al llegar lo primero que se ve es la enorme bandera con los colores del arco iris que simboliza el orgullo LGTB y el Twin Peaks, el pub que reúne cada noche a la flor y nata de la comunidad homosexual.

  •    El Castro se erigió como un polo de atracción para la comunidad LGTB en los años 60, los tiempos del "el verano del amor". San Francisco fue siempre una ciudad tolerante con las diferencias, una herencia de la inmigración, el movimiento hippie y el amor libre. En 1963 se abrió el primer bar gay, Missouri Mule, pero floreció gracias a Harvey Milk, el legendario luchador por los derechos civiles asesinado a tiros el 10 de noviembre de 1974.

  •    Es un barrio animado, pintoresco y con una vida nocturna agitada. Caminar por Castro Street revela una sorpresa tras otra, la brillante del Castro Theatre, que hoy funciona como cine y proyecta clásicos de clásicos; el escaparate de Hot Cake, con su pastelería afrodisíaca; barberías; tiendas de moda; la librería Dog Eards y sus campañas de protesta, y hasta un local exclusivo de Levi's con modelos que sólo se venden en el barrio.

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  Para no perderse: Los viajeros expertos aconsejan perderse en las ciudades, pero cuando dan consejos siempre señalan lugares "imperdibles". No se ponen de acuerdo. ¿Qué hacer entonces en San Francisco? Una cosa y la otra, por supuesto. Caminar sin rumbo dejándose llevar por la intuición y no dejar de ver lo que hay que ver, que es una lista larga y excitante. Y lo más curioso: lo esencial, en la ciudad de la niebla, no es invisible a los ojos.

   Chinatown: Hay que ir de día, subir por Grant, atravesar la Puerta del Dragón y dejarse llevar por el movimiento incesante de los negocios y sus clientes. Es inevitable, si se tiene cierta edad, recordar a David Carradine y la serie "Kung Fu", también dejarse tentar por las especias de Oriente y, claro está, tentar la suerte con las Galletas de la Fortuna.

  •    Haight Ashbury: En los 60 fue el epicentro de la movida hippie que popularizó los valores de "amor y paz" y las drogas. La utopía terminó, pero sus símbolos siguen vivos en este barrio que conserva el colorido y la bohemia de aquellos tiempos. Todavía queda en pie la legendaria casa de Jimi Hendrix y la disquería Amoeba Music, que resiste el aluvión digital con un interminable catálogo de vinilos.

  •    Alamo Square: Llegar hasta esta pequeña plaza situada en las alturas a pie o en bicicleta requiere piernas y un corazón fuerte, pero vale la pena el esfuerzo. En el lateral este del parque está la hilera de casas victorianas de colores pastel bautizadas como "The Painted Ladies". Desde ahí se pueden ver la Pirámide Transamérica, el Golden Gate y la cúpula del Ayuntamiento, claro, si no hay niebla, algo que en San Francisco es raro.

  •    Lombard Street: Es la calle más famosa de la ciudad, pero no la más empinada, como suele creerse. Está en la cima de Russian Hill, tiene 27º de pendiente y un laberinto de curvas y contracurvas delimitado por canteros repletos de flores. El paisaje es fascinante, en días claros se puede ver el presidio de Alcatraz y la bahía, un paraíso para los fotógrafos. La mejor forma de llegar es subiendo por Hyde en tranvía, a pie o en bici es una tortura.

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   Detrás de escena: North Beach, que se desgrana a lo largo de Columbus, respira ese inconfundible aire italiano de las panaderías, pizzerías y trattorias que pueblan cada una de sus calles. De día es un paraíso gastronómico, que bien vale una apuesta por quién hornea la mejor fugazza, por la noche se insinúa barrio rojo.

  •    Ahí nomás está City Lights, en un callejón conquistado por el street art que, con justicia divina, fue bautizado con el nombre del autor de "En el camino", Jack Keruac. Ahí nació, creció y brilló la Generación Beat y Allen Ginsberg publicó "Aullidos y otros poemas" que le partió la cabeza a América y que le valió la cárcel a Lawrence Ferlinghetti, el dueño de la librería que fue acusado de pornógrafo.

  •    A unos pocos metros está la Iglesia de San Pedro y San Pablo, ubicada justo enfrente de Washington Square, que se hizo famosa porque ahí se casaron el astro del besibol Joe DiMaggio y Marilyn Monroe. También, por la escena del francotirador de la película "Harry el sucio", con Clint Eastwood.

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   Lo que sigue: San Francisco es una ciudad "bike friendly". Nada es más fácil que alquilar una bicicleta y pasear con ella por la ciudad. No sólo hay bicisendas sino que los automovilistas las respetan. Bordear la bahía, desde el Ferry Building hasta Crissy Field es adorable, tanto como animarse a cruzar el Golden Gate y descubrir del otro lado el discreto encanto de Sausalito. Sus cafés son una invitación a dejar pasar el tiempo sin hacer nada más que pasarla bien. Sólo se sufren las subidas, pero para eso están los colectivos, que cuentan llevar las bicis y viajar cómodos.

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   Punto de quiebre: Hay vida más allá de Mission District, la tierra de los sueños de los "foodies" que entran en éxtasis cuando dan con esa pastelería que recomendó el "influencer" de moda esa semana, aunque haya que hacer cola para comprar un muffin, como si fuera el Santo Grial. San Francisco esconde y revela en los lugares más insospechados pequeñas grandes catedrales gastronómicas. Sólo hay que animarse a entrar en ese callejón oscuro, que se insinúa como el escondite perfecto para el asesino del "verano del amor", y pedir especialidad de la casa. No falla.



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