Turismo

Chernobyl, el turismo de los silencios

La primera reacción cuando cuento que estuve en Chernobyl es: "Vos estás loco".

Domingo 09 de Junio de 2019

Uno nace con curiosidad por todo, y así va a aprendiendo del mundo, de las cosas, de la gente. Con el correr de los años, la rutina, la zona de confort o las obligaciones hacen que nos conformemos con lo que sabemos, o lo que nos cuentan, o que nos especialicemos en algo. A medida que pasa el tiempo ya no probamos cómo es de profundo el río con los dos pies, y empiezan a florecer algunos miedos que, por la experiencia o las pocas ganas de meternos en líos, nos alejan de correr cualquier riesgo.

   La primera reacción cuando cuento que estuve en Chernobyl es: “Vos estás loco”. Y puede ser que esté un poco loco, y ojalá lo siga estando.

   La capital de Ucrania es Kiev, una ciudad moderna, llena de parques y hermosa para perderse entre sus callecitas. A poco más de una hora, empieza un área de un radio de 30 kilómetros conocida como Zona de Exclusión. Allí se prohíbe la entrada a cualquier persona que no sea militar, empleado de la planta nuclear, o tenga permiso del gobierno.

   Enviamos carta solicitando el ingreso y, a través de una agencia autorizada para tal fin, accedimos. La experiencia genera sensaciones de todo tipo. Primero la desazón de ver decenas de poblaciones abandonadas. Más tarde, empezamos a reflexionar sobre el daño del que es capaz el hombre. Los silencios fueron inmensos, enormes.

   La ciudad más cercana a la central nuclear era Pripíat, una urbe joven, donde el promedio de la gente que habitaba allí era de 30 años. Fue el bastión de la ex Unión Soviética para publicitar la calidad de vida del país, y todo era perfecto. El mejor supermercado del país, los mejores restaurantes, un hotel de cinco estrellas, cuatro escuelas, un parque de diversiones moderno, plazas, y hasta un río que pasa a pocos metros. Como si esto fuera poco, desocupación cero, analfabetismo cero, cero pobreza. La noche del 26 de abril de 1986 todo eso cambiaría para siempre.

   A través de cadenas oficiales, los altos mandos de la nación comunista, desestimaron que la explosión en el reactor nuclear fuese grave. La rutina siguió su curso normal por algunas horas, hasta que empezaron los primeros síntomas del infortunio. Desmayos masivos en las escuelas, gente descompuesta por las calles, el hospital lleno de pacientes con síntomas desconocidos hasta el momento.

   A la tarde del 28 de abril, la evacuación de la zona era inminente. Se había informado que la medida era preventiva, y sólo por 48 horas. La gente salió rápido, en colectivos que dispuso el gobierno, dejando todas sus pertenencias, creyendo que volvería en breve. Cuando se dieron cuenta de la gravedad del tema, no dejaron regresar a las familias nunca más a sus hogares, y las ciudades quedaron estancadas en el tiempo, como en una película, como un cuento de terror.

   Hoy todavía se pueden ver los supermercados con las góndolas, las heladeras y los carritos de compra, las escuelas llenas de libros y carpetas, la academia de música llena de instrumentos destruidos por el paso del tiempo, el teatro, el cine, el hospital con sus camas, su quirófano y su maternidad, la estación de policía, la noria y los autitos chocadores, los departamentos totalmente amueblados. Todo detenido. Todo eso fue vida, mucha vida.

   No nos podíamos mover sin guantes, la piel totalmente cubierta, y un pequeño aparatito de mano que mide la radiación del camino y los objetos. Entramos en todos lados, y cada vez había más silencio.

   Dormimos en el pequeño poblado de Chernobyl, en un hotel que era una casa adaptada para tal fin, y donde no se puede estar más de dos noches, para que no se vea afectada la salud. El personal, también rota y no puede permanecer allí. No se puede salir a la calle (está prohibido), y cuando cae el sol sólo pueden circular los militares que patrullan a zona. Nos quedamos hasta tarde, tirados en la cama, charlando de los sentimientos que teníamos, conmovidos, asustados, emocionados, vivos.

   La planta nuclear está activa, con físicos y químicos de todo el planeta estudiando y tratando de minimizar el daño, que sigue vigente. Sobre el reactor hay dos sarcófagos gigantes, que cubren las emanaciones tóxicas. En el comedor de la planta almorzamos con los empleados, que viven fuera de la zona de exclusión y alternan su permanencia por horas.

   Particularidades hay de a decenas. Al retirarse el hombre de un diámetro de varios kilómetros, con el correr de los años volvieron osos, caballos salvajes, jabalíes y ciervos, crecieron plantas y árboles en sitios inhóspitos, y es un paraíso para los fotógrafos. Hay bosques donde había avenidas, y una cárcel con todas las celdas abiertas. Autos y camiones abandonados, y juguetes, y televisores, y ropa. Nadie volvió. Nadie vivió nunca más igual.

   Retornamos a Kiev, al segundo atardecer. Retornamos es una forma de decir, porque nunca olvidaremos nuestros días en Chernobyl.

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