Tiene los pies húmedos, manchados de arena, y camina como si flotara en el aire, da un paso, otro y otro más, sin que se note que haga el más mínimo esfuerzo. Va por el mundo sin rozar las cosas, sin que las cosas la rocen a ella, como una mariposa que revolotea entre las flores de un jardín, perfecta, hermosa, veloz, luminosa. Su rostro, que apenas se insinúa entre la maraña de su pelo negro, luce impasible, como toda ella.
Sin decir una palabra, se tiende boca abajo en la reposera que la espera mansamente en la playa, revuelve dentro de un bolso hasta que encuentra una botella pequeña de la que extrae, con sumo cuidado, una crema blanca. Se la pasa por la cara con la precisión de un artista plástico, en una operación meticulosa y esmerada que le lleva varios minutos y que, cuando finalmente termina, la hace sentir satisfecha y segura.
La vista clavada en el mar, en las olas que van y vienen y acarician la orilla, la sonrisa inalterable, el hombre, que sigue igual de quieto, igual de relajado, empuja el ala del sombrero hacia atrás, apenas un poco, lo suficiente como para que al mover la cabeza hacia la derecha la mujer quede justo frente a sus ojos. La mira un instante, se detiene en la espalda, que sube y baja al ritmo de la respiración, y le habla con un susurro.
Ella lo escucha con atención, no cabe duda de que le interesa lo que le dice, pero no cambia de posición, sigue acostada boca abajo. Hablan un largo rato, él le pregunta qué hacía sentada en la orilla, frente al mar; ella le responde que meditaba, que desde que lo hace, unos años atrás, se siente mejor, más conectada con el mundo, con lo espiritual; él le cuenta que hace yoga y que eso lo salva de ser un oficinista mediocre.
Conversan un largo rato, hablan de cosas importantes y otras no tanto. Ella le pregunta de qué signo es y él se lo dice, aunque le aclara que no cree en los horóscopos y mucho menos en adivinos, videntes, médiums, que el futuro es una cosa que exista de antemano, que esté escrita, sino algo que hace cada uno, y con una sonrisa pícara, cita a Machado, aunque más a Serrat, se hace camino al andar, dice, y lanza una carcajada.
La tarde languidece, no tienen nada que hacer hasta la hora de la cena y lo disfrutan. La mañana fue intensa, navegaron en un catamarán mar adentro hasta el lugar donde yace un buque alemán que, en 1940, cuando Hitler le declaró la guerra a Holanda, el capitán decidió hundir para que no cayera en manos enemigas. Bucearon entre los hierros herrumbrados, cubiertos de musgo, y peces de todos colores que los miraban atónitos.
El paseo les permitió tener una perspectiva diferente de la isla, ver las casas que dan al mar, las mansiones lujosas, que abren sus amplios ventanales a las aguas turquesas, cristalinas, dóciles del Caribe, las que están ocultas de la vista de los turistas que van y vienen en coche por la carretera que bordea la costa. También, ver los hoteles de las grandes cadenas en su verdadera magnitud y asombrarse ante su escala inhumana.
El le preguntó, en un esfuerzo por que la tensión de la charla no decayera, qué era lo que más le había gustado del viaje y ella le respondió, un detalle. Lo hizo sin dudar, en el mismo tono pausado con que le había confesado que, en este momento de su vida, lo único que realmente quería era animarse al desapego. El bajó los Ray Ban hasta la punta de la nariz con un movimiento perfectamente estudiado del dedo índice y la miró a los ojos.
Ella entendió la pregunta sin qué él tuviera que hacerla. ¿Te acordás de anoche, en el restaurante del Renaissance, en Oranjestad?, preguntó, y sin esperar una respuesta, siguió con su relato; le contó que cuando se levantó para asomarse al balcón desde donde se veía el mercado de artesanías del puerto, vio cómo un hombre le proponía casamiento a la mujer con la que cenaba a la luz de las velas en la terraza del hotel.
Lo hizo como solo se pueden hacer estas cosas, le explicó acaso innecesariamente, le tomó las manos, la miró a los ojos y le dio una pequeña caja de terciopelo en la cual, al abrirla, la mujer descubrió un enorme anillo de brillantes, y más que eso, una declaración de amor. Lo contó como si no le importara, pero no era cierto, que siempre había sentido debilidad por las historias románticas, de doncellas y príncipes azules.
El aprovechó para hacer una confesión. No me casé ni creo que lo vaya a hacer nunca, disparó mientras apoyaba la espalda sobre el respaldo de la reposera y se tapaba la cara con el sombrero. Ella lo miró de soslayo, como si se apiadara de su suerte, pero no abrió la boca. El se quedó callado un rato, como si quisiera dormir, pero lo que en realidad hacía era esconderse, no dejar ver la vergüenza que sentía en ese momento.
Hubo un silencio tenso que se hizo demasiado largo. Ella se hizo cargo de lo incómodo de la situación y empezó a hablar de lo que habían hecho esos días, de lo rica que era la sopa de caracol que habían tomado en el Old Fisherman, el restaurante con manteles a cuadros, fotos de pescadores al amanecer y familias de chicos rubios, ojos claros y narices rojas por el sol adonde habían almorzado ni bien desembarcaron en la isla.
Le confesó que el paseo en tranvía le había gustado, que se había divertido, a pesar de que si hubiera hecho el recorrido a pie le hubiera sacado más provecho, que se quedó con ganas de entrar a un negocio donde, al menos desde lo que alcanzó a ver desde la baranda del piso superior, vendían unas remeritas muy lindas y coloridas. Lo voy a buscar cuando volvamos al centro, se entusiasmó, aunque sin grandes esperanzas.
El se cuidó de no decirle lo que pensaba, fingió un bostezo y le abrió el corazón, una vez más. Me emocionó escuchar a Etty Toppenberg, no esperaba tener esa suerte, menos que me prestara la guitarra y me dejara cantar, deslizó como para cambiar de tema. Se refería al cantante que la noche anterior había dado un recital sorpresa cuando visitaron una casa de familia, donde degustaron la comida típicamente arubiana.
La tarde languidecía, el sol, agonizante, dudaba entre esconderse detrás de las nubes o el horizonte. Ya era hora de emprender el regreso, se levantaron lentamente, como si se despertaran de un largo sueño y les costara desperezarse, juntaron las toallas y empezaron a caminar en silencio. Se habían alejado bastante, tenían que recorrer un largo trecho para llegar al hotel, pero lo hicieron sin prisa, disfrutando del atardecer.
Hicieron un alto frente a uno de los bares de playa, donde se celebraba una boda, era una escena bizarra: en el altar un sacerdote oficiaba la ceremonia, de un lado los padrinos, cuatro, vestidos de riguroso traje; del otro, las damas de honor, con vestidos iguales, bien apretados al cuerpo, cortos, color salmón. En varias hileras de sillas, a los lados del camino hacia el altar, se apiñaban los invitados, vestidos de gala y descalzos.
El, que no se había quitado el sombrero pero se había cerrado la camisa, urgido por lo solemne del acto, es músico; ella, poeta. Viven en una gran ciudad, de trabajos que consideran menores, pero que hacen con ahínco, y lo más importante, que les permiten pagar las cuentas. Una boda en la playa era lo último que esperaban de un viaje al Caribe. Lo pensaron, ambos al mismo tiempo, se miraron y estallaron en una carcajada.