Leo una entrevista a una representante de una tendencia que podríamos llamar revisionismo idiomático en la cual afirma, sin matices, “el lenguaje discrimina a la mujer”. Como prueba, la persona revisionista cita las expresiones “hombre público” y “mujer pública”, que significarían, respectivamente, “hombre de bien” y “prostituta”. Esto hablaría de una lengua castellana abiertamente prejuiciosa hacia las mujeres.
No es la primera vez que se acusa a los idiomas de cosas terribles. El alemán, por ejemplo, ha sido descrito como “el idioma de los nazis”. Cuando Angela Merkel visitó Jerusalén como canciller de Alemania, el diputado israelí Arié Eldad se negó a permanecer en el Parlamento mientras la dirigente se expresaba ante la cámara en su lengua nativa. “El alemán fue la última lengua que oyeron mis abuelos antes de ser asesinados. Las órdenes de ejecución fueron dadas en alemán”, sostuvo Eldad, como si los vocablos compuestos de la lengua teutona, sus vocales mixtas o sus verbos separables provocaran automáticamente en el hablante el deseo de cometer genocidio.
Pero los idiomas no tienen, en sí, malas intenciones. Tampoco buenas; son, de hecho, instrumentos neutrales, que pueden servir para escribir tanto Mein Kampf como los poemas de Schiller. En ese sentido, la discriminación que algunos creen percibir en el lenguaje no es una cuestión idiomática, sino social: el habla cotidiana traduce los prejuicios que están presentes en la población.
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El gran poeta germano Friedrich Schiller.
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Lo peor de la especie humana: Adolf Hitler.
El ejemplo estrella de los revisionistas es muy ilustrativo. “Mujer pública” significa “prostituta” y “hombre público” quiere decir “hombre de bien”: ¿es posible una discriminación más manifiesta? Aunque esto suene muy impactante, es necesario un análisis un poco más profundo. El uso de “mujer pública” en el sentido de “prostituta” es bastante raro; de hecho, prácticamente la totalidad de ejemplos de este uso en Internet proviene, precisamente, de personas que aluden al mismo tratando de demostrar el machismo del lenguaje. Por el contrario, y en contra de la percepción revisionista, son abundantísimos los casos en que “mujer pública” significa “mujer de bien”, o, con mayor precisión, “mujer de destacada actuación en la esfera pública”. Ejemplos: “Yo he renunciado a mi intimidad, porque soy política y no tengo intimidad. Soy una mujer pública, y tengo que salir siempre maquillada y no meterme los dedos en la nariz.” (Celia Villalobos, alcaldesa de Málaga; El Mundo —Madrid—, 1-9-2007); “Con María Soledad pasé a ser una mujer pública en medio de los problemas y situaciones sociales donde soy reclamada diariamente.” (hermana Martha Pelloni; La Nación, 12-8-2007), “A mí me informa la calle, soy una mujer pública que anda por la calle” (Elisa Carrió, Canal 12 de Montevideo, 3-11-2016); “Elena Caffarena. Una mujer pública” (título de un libro de la Universidad de Chile sobre esa abogada y sufragista trasandina, 2020).
Quiere decir que la diferencia no está en que “mujer pública” no pueda connotar honorabilidad, sino en que además puede significar “prostituta”, mientras que “hombre público” no cuenta con este significado adicional. Pero entonces cabe preguntarse: ¿es esto debido a un machismo inherente al lenguaje? ¿O no se deberá a que la sociedad no registra la existencia de hombres que se paseen por las calles ofreciendo sus servicios sexuales a mujeres? De hecho no existen palabras para describir ese comportamiento. No hay un vocablo “meredor” paralelo a “meretriz”, ni “ramero” como contraparte de “ramera”.
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La supuesta locución discriminatoria, entonces, no refleja en este caso ningún sexismo del lenguaje, sino simplemente las percepciones no igualitarias de la sociedad. No es normativo que una mujer salga con su coche, haga subir a un hombre por la calle y lo lleve a un hotel para tener relaciones sexuales a cambio de dinero. (Esto no significa que la práctica no exista, sino que es lo suficientemente marginal y estigmatizada como para que la sociedad no la constate o no se quiera enterar.) En otras palabras, lo que la sociedad admite como natural en el caso de los hombres conlleva una enorme carga de prejuicio negativo en el caso de las mujeres. Por eso causaría perplejidad el uso de “hombre público” en el sentido de “prostituto”.
La lucha (si es que hay que emprender alguna) debería estar orientada, entonces, a lograr que la sociedad avance hacia un enfoque igualitario en la percepción del comercio sexual. Idealmente, dicho comercio podría desaparecer, y entonces ya no se hablaría de mujeres ni de hombres públicos en este contexto. Otra posibilidad, quizá no tan ideal pero que también iría en el sentido de promover las percepciones igualitarias, sería lograr que la sociedad vea como natural el fenómeno de hombres que se prostituyen para mujeres. Entonces sí el lenguaje reaccionará acordemente y creará palabras para describir a esos trabajadores sexuales. Mientras ello no ocurra, el idioma no conectará la expresión “hombre público” con la prostitución masculina; no por afán discriminatorio, sino porque la población en general no le reconoce a este fenómeno, que sí existe, la suficiente entidad como para merecer una expresión que lo nombre. El prejuicio no está en el lenguaje, sino en la sociedad.