Don Raúl Dalmaso se emociona. Cumplirá noventa años en octubre y aún se acuerda cuando de pequeño miraba detrás de una reja la calesita a la que no podía subir porque no tenía dinero. Esa rueda que giraba con caballitos y barcos de madera en barrio Belgrano lo fascinaba tanto que se propuso algún día tener una. El esfuerzo tuvo sus frutos: administró cerca de una decena, se convirtió en el dueño de la mayoría de las calesitas de Rosario y hoy sus hijos siguen con la tradición. “Ver la alegría de los chicos te llena el alma y eso siempre fue igual a pesar de que pasen los años”, asegura.
Raúl habla a un lado de la calesita que su hijo Sergio construyó con sus propias manos. Está en el parque Sunchales, a metros de los silos Davis, y es una de las cinco que explota y administra la familia, que en pocos meses sumará otra en el parque Scalabrini Ortiz. En toda la ciudad no hay más de ocho.
La del parque Sunchales fue construida bien rosarina. Tiene las imágenes de Alberto Olmedo, los silos Davis, Manuel Belgrano, el parque España y el puente a Victoria.
La semana pasada el Concejo Municipal les prorrogó a los Dalmaso la concesión por cinco años para administrar las calesitas del Monumento, el parque Hipólito Yrigoyen, el Alem y el Urquiza.
La historia de esta familia de calesiteros comenzó como muchas otras; con un sueño. Ese que tuvo desde muy pequeño Raúl, cuando de pantalones cortos recorría las calles de barrio Belgrano, en Forest al 6800. Hijo de padre italiano y madre española, no vivió una infancia de abundancia. Más bien todo lo contrario. “Mi papá no trabajaba y mi mamá era modista. Todo nos costaba mucho. Así que cuando venían los parques y montaban las calesitas, yo solo miraba porque no tenía los cinco centavos que costaba la vuelta”, recuerda.
Esa pasión por las calesitas lo acompañó siempre. Y un día se casó, se fue de luna de miel a Alta Gracia y el sueño empezó a concretarse. “Yo había empezado a trabajar en el ferrocarril y cuando llego a Córdoba me topo con una calesita. Le cuento al dueño que me encantan y que es mi sueño, y meses después me escribe una carta diciéndome que me la vendía”, repasa. No lo dudó y vendió su casa para comprarla.
La primera
Eran los años 50 y Raúl se trajo la calesita cordobesa a la esquina de Río de Janeiro y Córdoba. “Fue una alegría enorme, estaba cumpliendo mi sueño”, asegura.
Unos años después llegó la segunda, cuando el ex intendente Luis Cándido Carballo lo autorizó a colocar otra a metros de la estación de ómnibus, que explotó cerca de 20 años.
Con el paso del tiempo llegaron más carruseles en los distintos parques de la ciudad y hoy los Dalmaso son el apellido detrás de la mayoría de las calesitas rosarinas.
Y si bien con los años cambiaron las costumbres, Raúl asegura que la alegría de los chicos cada vez que suben es siempre la misma. “Cuando sacan la sortija es indescriptible. Las caras te dicen todo. Son felices hoy como en los años 50”, remarca y señala que le da cierta bronca cuando algún padre le dice a un nene que ya está grande para la calesita.
“Antes los chicos subían hasta teniendo 15 años y se divertían mucho, pero hoy a un nene de 8 ó 9, los padres medio que los frenan, no los dejan disfrutar; y eso da bronca”, admite.
El paso de los años también trajo suba de costos; tanto, que el hijo de Raúl optó por montar un taller en la zona oeste y construir las calesitas y sus repuestos. “Si no sería imposible seguir”, reconoce Sergio.
Hoy dar una vuelta en alguno de los cinco carruseles de los Dalmaso cuesta unos 70 pesos.
Los años también trajeron vandalismo, robos reiterados que obligaron a cercarlos y poner alambres de púa y cámaras para evitar los destrozos. Así y todo, los padecen a diario.
En una de sus calesitas hasta les llevaron todas las cámaras de seguridad que habían puesto para disuadir ladrones. En la del parque Hipólito Yrigoyen hace unos días les robaron todo el cableado y el motor. En el parque Sunchales metieron alambres de púa, a la del parque Alem la cerraron un tiempo hartos de los robos y a la que tenían en la plaza Alberdi no la abrieron más. “Lo ideal sería que el municipio ilumine bien los parques, cerca de las calesitas; tal vez con eso logramos que paren un poco”, dice Sergio.
Hoy la actividad también está golpeada por los altos costos del mantenimiento. Además, también dependen mucho del factor climático. Es que generalmente abren los sábados y domingos, y si hay mal clima no se trabaja.
Sin embargo, con sus cerca de 90 años, Raúl sigue yendo cada vez que puede a ver a los chicos y sus caras de emoción. Le duele muchísimo la pobreza. Cada vez que quiere abordar el tema, se angustia y no puede contener las lágrimas.
Es una tarde hermosa en el parque Sunchales y el hombre que alguna vez soñó con tener una calesita posa sonriente para la foto junto a su hijo. Dos de sus nietos también se preparan para seguir la tradición. Esa que empezó en los 50 en los confines del barrio Belgrano y hoy se esparce por los parques de la ciudad de la mano de los Dalmaso.